El mercado global de las energías renovables está viviendo una revolución silenciosa y vertiginosa, con un impacto directo en las tranqueras argentinas. En el marco del Congreso Maizar 2026, Agustín Torroba, especialista internacional en Biocombustibles y Energías Renovables del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), aportó proyecciones contundentes para el SAF (Sustainable Aviation Fuel o combustible sostenible de aviación). Según el analista, este mercado demandará entre 10 y 20 millones de metros cúbicos globales en los próximos cuatro años, mientras que en el largo plazo, hacia 2050, el escenario más optimista estira la cifra hasta los 493 millones de metros cúbicos. Para dimensionar esta escala, Torroba estimó que, en los próximos 25 años, el SAF alcanzará un volumen equivalente a todo el mercado mundial del etanol.
A este fenómeno aéreo se le suma el despertar de los biocombustibles marítimos, un sector tradicionalmente subestimado pero que en los últimos dos años tomó una efervescencia tal que promete igualar al de la aviación en términos de volumen. Al tratarse de transporte internacional, ambos universos están regulados por agencias de la ONU, la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) y la Organización Marítima Internacional (OMI), lo que obliga a las cadenas de valor a jugar bajo estrictas reglas de descarbonización. Para la Argentina, esto representa una oportunidad logística y comercial inmediata mediante el uso de motores modernos adaptados a metanol y etanol.
La paradoja argentina: sustentabilidad real vs. burocracia internacional
Frente a esta explosión de demanda, el agro argentino corre con una ventaja competitiva de origen: sus cadenas de valor ya son altamente sostenibles. Los biocombustibles que hoy se producen en el país a partir de soja, maíz y caña de azúcar utilizan exactamente la misma molécula que se requiere para abastecer al SAF o a los barcos de alta gama. Sin embargo, Torroba advierte que el país está llegando tarde a una discusión clave: la diplomacia ambiental.
Agustín Torroba, especialista internacional en Biocombustibles y Energías Renovables del IICA.
Al estar fuera de las mesas de negociación de la OACI y la OMI donde se discuten los estándares, a las materias primas argentinas se les asignaron valores de emisión basados en referencias internacionales que están muy por debajo su potencial agrícola y de sus buenas prácticas agrícolas. Para revertir esta situación, el especialista señala que el sector privado debe involucrarse fuertemente en la agenda internacional y certificar sus cadenas de valor para valorizar adecuadamente sus activos ambientales.
Cupos, aceites usados y la necesidad de un nuevo marco normativo
La urgencia por ganar mercados internacionales convive con el debate doméstico sobre el proyecto de ley de biocombustibles impulsado por el oficialismo. Según el analista del IICA, esta iniciativa representa una oportunidad para realizar un upgrade y actualizar un marco normativo donde el biodiésel y el etanol tradicional se encuentran muy desarrollados. El proyecto abre la puerta para "pensar en lo que se viene" y regular los nuevos combustibles marítimos y de aviación, además de plantear incrementos en los porcentajes de corte obligatorio.
Finalmente, al evaluar las materias primas para abastecer esta demanda, Torroba desarma un mito común en torno al uso de aceites de cocina usados (UCO, por sus siglas en inglés). Si bien estos aceites reciclados hacen un aporte valioso, su gran limitante es la disponibilidad física; el mundo ya los utiliza de forma sumamente intensiva y no queda un remanente significativo por recuperar para descarbonizar matrices energéticas masivas. La verdadera escala seguirá proviniendo de los aceites vírgenes, de los cuales hoy solo se industrializa el 20% a nivel global, lo que abre una ventana enorme para el complejo sojero argentino y desafía al agro a incorporar cultivos de cobertura e intermedios innovadores, como la camelina y la carinata, para diversificar la oferta energética del futuro.
