La producción de oleaginosas de invierno viene ganando terreno en la matriz agrícola argentina, impulsada por una dinámica comercial distinta a la de los complejos tradicionales como la soja o el girasol. Según un reciente informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), estos cultivos alternativos se estructuran mediante cadenas totalmente integradas. Las empresas del sector proveen la genética y el soporte técnico, gestionan las certificaciones ambientales y, fundamentalmente, garantizan la compra del grano. Esta articulación cerrada responde a las estrictas exigencias de trazabilidad y sustentabilidad de los mercados energéticos globales.
El modelo contractual por cultivo
La colza es la opción más madura del menú invernal al contar con más de cien cultivares registrados desde 1990. En su comercialización, los analistas destacan dos modalidades, ya que algunas firmas ofrecen contratos integrados (desde la provisión de la semilla hasta la compra asegurada), mientras que otras solo se limitan a vender la semilla. Por el contrario, la carinata opera bajo un esquema de exclusividad absoluta donde una única empresa global controla la genética y canaliza el total de la producción local hacia una multinacional energética, bajo un acuerdo comercial vigente hasta el año 2050.
En el caso de la camelina, el negocio se reparte entre filiales de un grupo internacional verticalizado y una compañía nacional que opera en alianza estratégica con un socio industrial, operando también bajo rigurosos contratos de producción.
Formación de precios y rentabilidad
Para mitigar la incertidumbre del productor en mercados aún en desarrollo, los contratos establecen los precios de referencia antes de la siembra. Según el informe, tanto para la colza como para la carinata, el valor se calcula tomando como base el precio futuro de colza en el mercado francés, conocido como Matif, aplicando un descuento fijo o variable según el rendimiento obtenido.
Para la camelina, el precio de referencia se fijó acoplándolo a la cotización correspondiente al mercado de soja de Chicago en noviembre, sumando una prima incentivo que a valores actuales ronda los 75 dólares por tonelada. En cuanto a los números de la campaña, las proyecciones oficiales arrojan márgenes brutos positivos tanto en campo propio como arrendado, apuntalados por rendimientos reales que en zonas clave como el sudeste bonaerense suelen superar las estimaciones iniciales.
Salto industrial y el peso de las certificaciones
El destino final de la molienda varía según el cultivo y su composición. La colza genera aceite para biocombustibles o consumo humano, además de una harina con alto valor proteico para alimentación animal. Por su parte, la carinata y la camelina también aportan aceites específicos para biocombustibles y subproductos forrajeros aptos para la ganadería. Si bien la exportación de grano sin procesar ha sido la norma, el sector local está registrando hitos industriales importantes, como la reciente inauguración de una línea de molienda en Timbúes capaz de procesar 3.000 toneladas diarias de estos cultivos.
El pasaporte indispensable para ingresar a estos destinos de alto valor es la certificación internacional de sostenibilidad. En ese marco, la Directiva de Energías Renovables de la Unión Europea (RED III) cataloga a estas oleaginosas como biocombustibles avanzados de máxima jerarquía, otorgándoles importantes ventajas regulatorias. Para la Bolsa rosarina, con un área potencial que supera los 10 millones de hectáreas en Argentina, la posibilidad de que el país se consolide como un actor de peso en la transición energética global dependerá de "la capacidad del sector para actuar de manera articulada y sostenida en el tiempo".
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