"Scioli 1 a 0"

26 Jul 2012

La batalla inicial de una guerra que no ha terminado, ni mucho menos, acaba de concluir cuando nadie lo esperaba. Todo hacía prever que Cristina Fernández mantendría la ofensiva de mediana intensidad contra el gobernador de Buenos Aires. Pero de buenas a primeras, como Urquiza en Pavón, ordenó la retirada y abandonó el campo de combate de una manera sorprendente. —¿Sorprendente?— Vayamos por partes.

Dos cosas eran claras: que la remoción de Daniel Scioli no estaba en los planes de la presidente, al menos en esta instancia de la disputa, y que las encuestas tendrían un peso significativo en el resultado de la contienda. Eso fue lo que escribimos la semana pasada y fue, en definitiva, lo que sucedió.

De los relevamientos hechos por el gobierno nacional, el sciolismo y otras fuerzas políticas sin arte ni parte en la pulseada de marras, quedó en claro que la opinión mayoritaria de las personas decantó en contra de Cristina Fernández, considerando que ella —y no tanto Scioli— era la principal responsable del ahogo financiero de la provincia de Buenos Aires. Con esta particular coincidencia, digna de ser resaltada: si 60 % cargaba las tintas sobre la viuda de Kirchner, 40 %restante lo hacía sobre el mandatario bonaerense. En resumidas cuentas, ninguno salía bien parado. Scioli, a diferencia de otras oportunidades, demostraba no ser incombustible pero, así y todo, salvaba la ropa mejor que su contrincante.

Si bien Cristina Fernández no es una adicta compulsiva a las encuestas —como sí lo era Eduardo Duhalde, por ejemplo— los números esta vez no dejaban lugar a dudas. No sólo la contra sostenía, con arreglo a las compulsas hechas, la diferencia mencionada de 60 a 40, sino también los Artemio López de este mundo. Insistir entonces, frente a tamaña realidad, era insensato por donde se lo mirase.

En ello estriba la razón de la retirada táctica que obró la jefe de estado sin más explicaciones que una mención —carente de sentido— a la contienda siria. Así, de un día para el otro, todos sus voceros —empezando por Gabriel Mariotto— se llamaron a silencio; ella recibió al ex–motonauta como si tal cosa y el ministro de Economía giró en menos de lo que canta un gallo el dinero que tanto le hacía falta a Scioli y no aparecía por ningún lado.

¿Santas Pascuas? —Quien lo creyese sería un iluso. Aquí lo que hemos visto ha sido, tan sólo, un encontronazo inicial para medir fuerzas. Es muy posible que al momento de desencadenar de manera abierta las hostilidades, el kirchnerismo no haya pensado en la opinión pública. Ahora sabe que es un elemento de trascendental importancia al cual no le convendrá subestimar cuando de nuevo suenen, más adelante, ruidos de guerra.

Mientras el que fuera vice de Néstor Kirchner siga prendido a sus aspiraciones presidenciales y tenga en la opinión de la gente su principal soporte electoral, su condición de enemigo peligroso para Cristina Fernández se mantendrá vigente. Ello supone que Daniel Scioli, estará en la mira del kirchnerismo al margen de lo que diga, aun en el supuesto de jurar y perjurar que se mantendrá ajeno a cuanto pueda suceder en octubre de 2015. Si, llegado el caso, se comprometiese a ser un soldado fiel de la causa reeleccionista, igual generaría una desconfianza absoluta de parte de los seguidores de Cristina. En esto no tiene vuelta. Su problema es la musculatura electoral que ha demostrado poseer. Sólo si por obra de sus desaciertos o de una catástrofe que arrastrase a toda la clase política perdiese su robustez a la hora de contar votos, dejaría de estar expuesto.

Por tanto, las embestidas que le serán enderezadas en el futuro deberán sopesar con algo más de cuidado la fuerza de este manso por naturaleza cuyo arte es hacer la plancha aun en los momentos más difíciles de su vida política. Nunca un desplante, una palabra dicha a destiempo, un portazo o una compadrada. Lo suyo es poner la otra mejilla, desensillar hasta que aclare y confiar en su suerte proverbial.

Con estos atributos —que al kirchnerismo le habrán parecido irrisorios y hasta despreciables Scioli les ganó la primera batalla. Porque no sólo los K no pudieron tumbarlo sino que, creyendo ponerlo en ridículo ante la opinión pública y estimando que quedaría como un administrador deplorable, no hicieron más que pisar ellos el rastrillo que les dio de lleno en la cara.

Cierto, no fue una batalla decisiva. Scioli en octubre o —a más tardar— en diciembre deberá enfrentar otro cuello de botella financiero. El kirchnerismo mantiene intactas sus fuerzas. El peronismo, de momento, no moverá un dedo en público para defender al mandatario bonaerense. Todo lo anterior es cierto, pero no lo es menos que la ofensiva inicial ha tenido que ser detenida y las tropas del Poder Ejecutivo nacional descansan en cuarteles de invierno.

Se ha abierto en la pelea con el gobernador un compás de espera por parte de la presidente que el lunes se olvidó de Scioli y decidió embestir contra Martín Redrado, Alfonso Prat Gay y la banca privada. El kirchnerismo es así y no va a cambiar. Necesita un enemigo, real o ficticio, para destilar a sus expensas toda la furia contenida de Cristina Fernández. En su momento Duhalde fue la cabeza de turco; luego le tocó al campo; más tarde el elegido resultó Macri; hasta hace algunas horas el banco emblemático era Scioli y próximamente… Dios dirá. Pero hay rencores pasajeros y rencores permanentes. Tarde o temprano Scioli volverá a concentrar el odio de la Casa Rosada.

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