¿Por dónde empezar? La pregunta viene a cuento dada la dificultad de hallar un punto de
arranque —excluyente respecto de los demás, dignos de ser considerados— para analizar cuanto
ha sucedido entre nosotros —y cuanto puede pasar, de ahora en más— a partir de la irrupción de
Sergio Massa en el escenario electoral. Como no hay tal punto, cualquiera parece pertinente. Por
ejemplo, distinguir de manera provisoria —porque sólo habrá certezas luego de contarse los
votos— a los ganadores de los perdedores.
El intendente de Tigre siguió al pie de la letra un plan de acción que le dio buenos
resultados. En la Argentina, donde no hay secreto que no se haga público en cuestión de minutos,
Massa pudo mantener en vilo a todo el arco político, a los periodistas, analistas y gente del común,
por espacio de meses. Hasta último momento nadie, que no fuera su familia y sus colaboradores
íntimos, sabía a qué atenerse. Eso se propuso y lo cumplió sin tropiezos y sin perder la calma, lo
cual no es poco.
Si a esta altura puede hablarse de ganadores, el único que merece el calificativo es él. De
aquí en adelante, salvo imponderables, no hay razón ninguna para imaginar que pudiera mancarse
antes de octubre. Todo está servido a los efectos de que se alce con una victoria de bulto a
expensas de Cristina Fernández y de Daniel Scioli, por un lado, y de Francisco De Narváez por el
otro, sin olvidarnos de José Manuel de la Sota y de Hugo Moyano.
Tendría que resultar muy torpe para malograr la oportunidad que la desmesura de la
presidente, la irresolución del gobernador bonaerense y la falta de osadía del jefe de la capital
federal, le abrieron de par en par. Porque, bien miradas las cosas, Massa es al día de hoy el
producto de sus aciertos, de los desaciertos de sus potenciales adversarios en el 2015, y del
“enamoramiento” que —sin hacer demasiado para conseguirlo— ha generado en la gente su
figura.
Tiene ventajas considerables por donde se le mire y apenas un flanco débil si acaso
insistiese, más de la cuenta, en cultivar un espacio equidistante tanto del kirchnerismo como del
antikirchnerismo. Bien está asumir una posición moderada, contraria a la belicosidad exacerbada
de Cristina Fernández, que tanto rechazo suscita en amplias franjas de la sociedad. A condición,
claro está, de no terminar jugando al empate. Una cosa es que la gente esté cansada de tanta
crispación. Otra, muy distinta por cierto, es que se halle dispuesta a respaldar a un candidato no
sabe, no contesta.
De Narváez —que pasó de ser la gran esperanza blanca en el distrito bonaerense a un
segundo plano— intuye que la única chance que le queda, si verdaderamente quiere ganar la
elección, es cargar sobre este flanco y zaherir a Massa con la acusación de que, al cabo del día, no
es otra cosa más que una versión light —o, si se desea, devaluada— del kirchnerismo.
Que el de Tigre conoce cuál puede ser su talón de Aquiles lo demostró el pasado domingo,
horas después de haber anunciado su candidatura. Dijo algo clave, que echó por tierra las dudas
planteadas por De Narváez en ese mismo momento, a saber: que la re–reelección era su límite y
que no consideraba necesaria la reforma de la Constitución. Si para muestra vale un botón, Massa
comenzó a andar con el pie derecho. Era lo que tenía que decir en voz alta, luego de eludir el tema
por espacio de meses, y no perdió el tiempo. Con ello desarmó la estrategia beligerante del
Colorado que, demás está decirlo, no se llamará a silencio e insistirá en atacar por ese lado.
Massa no lo quiso a De Narváez en su lista por la misma razón que esquivó todo contacto
con Mauricio Macri. Es la foto que no quiere sacarse. Con una diferencia no menor: mientras al
primero de los nombrados no lo desea ver ni en figuritas, con el jefe del PRO pactó de manera
indirecta, a través de los intendentes que lo respaldan: Jorge Macri, en Vicente López, y Gustavo
Posse, en San Isidro. Todavía, según Massa, no están dadas las condiciones para cerrar una alianza
con las principales fuerzas de la centro derecha en el país.Ni Macri ni De Narváez han sido desairados.
Eso sí, se cuentan, de momento, en el pelotón
de los perdedores. Resulta difícil imaginar al ex–presidente de Boca Juniors dirimiendo
supremacías en 2015, con alguna posibilidad de éxito, sin hacer pie en el principal distrito
electoral de la Argentina. La oportunidad que dejó pasar no es seguro que vuelva a repetirse. Fue
él quien se resistió a competir en la provincia de Buenos Aires y el que admitió, como si tal cosa,
que Gabriela Michetti se negara en redondo a ocupar el espacio que más tarde intentaron llenar, en
vano, Guillermo Montenegro y Carlos Melconian. Hay errores que se pagan caros.
En cuanto a De Narváez tiene por delante una campaña difícil y dependerá, en buena
medida, de las PASO y de cómo vehiculiza el electorado antikirchnerista su voto. Podría resultar
que un De Narváez constituido, por la timidez de Massa a la hora de enfrentar al gobierno, en
principal contrincante de Cristina Fernández, sacase más votos de los imaginados hoy. Pero
también podría suceder que la elección se polarizase entre el intendente de Tigre y el de Lomas de
Zamora, en cuyo caso nadie querría perder su voto por miedo a que, de resultas de una división de
los sufragios opositores entre Massa y De Narváez, se saliese con la suya el oficialismo. En este
caso, el Colorado quedaría reducido a su mínima expresión.
Con todo, los grandes perdedores parecen haber sido Cristina Fernández y Daniel Scioli.
Empecemos por este último. En más de una ocasión, alguno de sus interlocutores le preguntó qué
pasaría si, finalmente, Massa decidía ser de la partida. El gobernador, cada vez que se le planteaba
la pregunta, respondía de la misma manera: —“No va a jugar”. La Junta Militar en 1982 pensaba
lo mismo respecto de una eventual expedición punitiva británica. No iban a venir. Pero vinieron y
nos molieron a palos. Otro tanto le sucedió a Scioli que le agregó a su cadena de errores y
renuncias, una estrategia verdaderamente descabellada en punto a su negociación con Massa.
Aunque se esfuerce en negarlo, cualquiera sabe que las negociaciones existieron. Son un
secreto a voces. Pues bien, a qué impulsarlas si al momento de definirse sabía que no iba a romper
con Cristina Fernández. Podría haber sido algo más cuidadoso y, sin embargo, no lo fue. Ni él ni
sus negociadores. ¿Por qué? —Misterio insondable.
Era de manual que si se sentaba a la mesa a conferenciar con el de Tigre, todas las
sospechas que, respecto de su lealtad, alienta el kirchnerismo, quedarían confirmadas en caso de
salir a la luz el encuentro. Y eso fue lo que sucedió, con lo cual Daniel Scioli quedó en el peor
escenario posible: abrazado a un kirchnerismo que lo desprecia —no importa cuántas sean sus
promesas de gratitud y sus actos de subordinación— y disociado definitivamente de las franjas
opositoras que lo consideran, como nunca, un pusilánime. Con la desventaja —común también a
Cristina Fernández y a Mauricio Macri— que deberá administrar escasez por los próximos dos
años en una provincia que hace agua por los cuatro estados.
Massa desde ahora y hasta 2015 no tendrá a su cargo responsabilidad de gobierno ninguna.
Quiere ello decir que su desgaste, a diferencia de los tres antes nombrados, resultará inexistente.
Gobernar la Argentina, la provincia de Buenos Aires y la Capital Federal en una situación como la
que atravesará el país en los años por venir, no será tarea fácil y representará para sus responsables
un sinfín de dolores de cabeza. El diputado Sergio Massa, en cambio, podrá dedicarse a hablar y a
recorrer el país sin temor a sufrir inundaciones, a tener que reprimir huelgas, a soportar un nuevo
Cromagnon u otra tragedia como la de la Estación Once. Pequeña diferencia.
Por fin, está la que —sin lugar a dudas— será la gran perdedora de esta historia: la
presidente, que ha debido improvisar a las apuradas un candidato desconocido para la mitad de los
votantes del distrito bonaerense. Sólo la perversidad de la Kirchner y el desprecio que siente por
Scioli la han conducido a este callejón de salida casi imposible. Lo tenía al gobernador disponible
para cualquier mandado. La condición necesaria era mimarlo un poco, decirle un par de cosas
lindas, hacerle creer que era un buen administrador y recordarle, siempre de buenas maneras,
cuánto apreciaba su lealtad. En lugar de este libreto, lo humilló en cuanta ocasión pudo.
Conclusión: Scioli fue descartado y de la noche a la mañana apareció Martín Insaurralde.
Si Massa arrasase en octubre, el día 29 comenzará a resquebrajarse la gobernabilidad. Es
imposible pensar que un gobierno perdidoso en los cinco principales distritos electorales y con un
peronismo en rebeldía, que huiría en estampada hacia Tigre, pueda resistir mucho tiempo sin tirar
la toalla y sin solicitar una tregua.
Si, en cambio, no se impusiese por mucha diferencia, la situación de la Fernández no sería
tan dramática pero, de todas maneras, debería sepultar cualquier aspiración de ser reelecta en 2015
—y, ni que hablar, de reformar la Constitución. En un caso la catástrofe electoral podría significar
su salida anticipada de la Casa Rosada. En el otro, se abriría una etapa de transición en donde
todos sabríamos que los días del kirchnerismo están contados. En cualquier de los dos escenarios
habría comenzado el postkirchnerismo. El tema es cómo asimilará la señora presidente una
realidad tan aciaga para sus pretensiones de máxima. Hasta la próxima semana.