"Nadie puede anticipar cuál será el resultado de la contienda con el camionero"

2 Jul 2012

Es un secreto a voces que, si pudiera hacerlo sin pagar un costo insoportable, CristinaFernández le ordenaría a uno de los tantos jueces federales que obran como escuderos del Poder Ejecutivo Nacional —y tanto sirven para un barrido como para un fregado— que lo metiera preso a Hugo Moyano.

Poder no le falta a los efectos de consumar sus más íntimos deseos; pero las cosas no son tan simples. Al respecto conviene recordar la respuesta que el general De Gaulle le dio a uno de sus colaboradores de fuste cuando este, ante la gravedad de la situación parisina, en mayo del año 1968, insinuó la posibilidad de ponerlo tras las rejas a Jean Paul Sartre, uno de los ideólogos y fogoneros por antonomasia de aquella célebre rebelión: “No se encarcela a Voltaire”.

Cierto es que la sola comparación del autor de Huis Clos con el líder de los camioneros, erizaría la piel del mundo entero. Otro tanto cabría decir de la analogía entre De Gaulle y Cristina Fernández. Porque la viuda de Kirchner puede fantasear con esa sanción para el gremialista siempre y cuando, acto seguido, decida en consonancia con el realismo del político y militar galo más significativo del pasado siglo.

A esta altura de la partida, esposarlo al secretario de la CGT y llevarlo a la cárcel de Devoto supondría, más que un crimen, un error de proporciones. Abrazado como está a una reivindicación —la del mínimo no imponible— que cruza en diagonal a la sociedad, Moyano detenido le traería más dolores de cabeza al gobierno que libre. Pasó el momento de ponerlo a la sombra, en un calabozo en donde su poder de juego quedase minimizado.

Ahora la situación ha cambiado, y si bien nadie puede anticipar cuál será el resultado de la contienda abierta que se viene desarrollando entre la señora y el camionero, en el futuro inmediato sólo podrá escalar sin solución de continuidad.

Poco importa la discusión —siempre repetida a la hora de contar manifestantes en la Plaza de Mayo— de cuánta gente congregó el acto de hace unas horas. Por ahí no pasa el meridiano de la cuestión. Se trata, en cambio, del mayor desafío que desde las tiendas del peronismo le ha enderezado al gobierno kirchnerista uno de los factores de poder decisivos de la Argentina contemporánea.

Que el conflicto crecería en intensidad era algo obvio. Cuándo pasaría de los forcejeos y pujas verbales iniciales a dimensiones más agudas, no eran tan claro. Pues bien, las medidas de fuerza de la semana pasada y el paro y movilización en esta que transcurre, trasparentan el salto cualitativo de la disputa. Cristina Fernández ha reaccionado como de costumbre y piensa en correspondencia con una matriz de cuño conspiracionista. Para ella y su estrecho círculo de colaboradores hay una acción destituyente en marcha, cuyas caras visibles son las de Hugo Moyano, Daniel Scioli y Héctor Magnetto.

No se necesita ser un fino analista para llegar a esta conclusión. La pulsión conspirativa se halla en la naturaleza del kirchnerismo, y basta que alguno de sus opugnadores políticos, sindicales o de otra índole levante la voz o se oponga a su gestión, para ser inmediatamente calificado y tratado públicamente como un enemigo.

En el discurso del martes a la tarde la presidente no se guardó nada. Cargó lanza en ristre contra el mandamás de la CGT —al cual detesta desde siempre, como al resto de la llamada, en la década del setenta, burocracia sindical— y, sin nombrarlo, llevó la andanada de mayor peso a expensas del gobernador de Buenos Aires. Si alguien todavía consideraba que en la Casa Rosada se distinguía a uno de otro, no hay razones —después de escucharla a Cristina Fernández— para insistir sobre el particular.

Moyano y Scioli no tienen vuelta y están condenados, les guste o no, a desarrollar de ahora en adelante estrategias que pueden ser independientes pero que, de manera inevitable, serán presentadas como una por el oficialismo. Aún cuando desenvolvieran sus respectivas acciones sin puntos de contacto entre sí, han pasado a ser los blancos emblemáticos contra los cuales el kirchnerismo descargará todas sus baterías.

La razón es bastante más sencilla de lo que muchos creen. El gremialista y el mandatario bonaerense son los únicos —por motivos bien distintos— que en el futuro inmediato podrían capitalizar parte del deterioro que viene sufriendo, en punto a imagen, Cristina Fernández y su administración. Sucede, al respecto, algo curioso: el notable descenso de la imagen y —se supone— de la intención de voto de la señora —aunque esto último sea una inferencia sin correlato estadístico confiable— no parece haber beneficiado a ninguno de los políticos que pueblan el arco opositor. Daniel Scioli, en cambio, ha visto crecer su estrella en términos de popularidad y adhesión de la gente de una manera notoria. En La Matanza, Mar del Plata y San Nicolás, por ejemplo, supera holgadamente a la presidente y eso, unido a las aspiraciones de llegar en 2015 a Balcarce 50, lo convierten en un protagonista odioso por donde se lo mire.

La peligrosidad de Moyano corre, en principio, por cuerda separada. Si la crisis económica se acelerase y las cuentas públicas pasasen a un rojo virulento, a nadie le sorprendería el incremento de la protesta social. En ese caso, ¿quién mejor que el líder de los camioneros para ponerse al frente de la misma? Hugo Moyano reducido a su gremio y en la Argentina de las vacas gordas no representaba un desafío de consideración. Pero cuando lo que hay que administrar no es bonanza sino escasez y el distribucionismo extendido a todas las áreas comienza a hacer agua, pasa a ser un hombre de cuidado.

En el plazo que va de hoy hasta las elecciones del año próximo, el secretario de la CGT —retenga o no su cargo en julio— tendrá un margen de maniobra amplio para embestir contra Cristina Fernández. Algo que —por supuesto— le faltará a Scioli. Es que el primero depende del gobierno sólo si se toma en cuenta el manejo del fondo de subsidios de las obras sociales pero —fuera de lo dicho— posee un grado de independencia que, en un país donde rige el unitarismo fiscal, desearían tener —de vez en cuando— los gobernadores. En una palabra: Moyano no debe pagar sueldos a fin de mes y medios aguinaldos dos veces al año; Scioli, sí.La puja está desatada y ya no depende, estrictamente, de la voluntad puesta de manifiesto por los actores de la trama. Arrastra una dinámica propia que se desenvuelve al compás o —si se prefiere— al ritmo de la economía. En el fondo de la cuestión Cristina Fernández, Hugo Moyano y Daniel Scioli, aun reconociéndoles su libertad de acción, han quedado sujetos a un fenómeno nuevo: la escasez de recursos, con el cual ninguno de ellos está acostumbrado a lidiar.

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