"¿Hay una racionalidad presidencial?"

14 Feb 2013

Desentrañar la lógica política de Cristina Fernández es, por momentos, tarea tan ardua —cualquiera sea el empeño que se ponga en ese afán— que, para no andar a ciegas, tentados estamos de recurrir a una idea voceada por el físico Stephen Hawking respecto del bello sexo. Dijo en su oportunidad el celebre científico que era más fácil explicar el origen del universo que entender el pensamiento de las mujeres. Demás está decir que su frase no fue —ni mucho menos— la humorada de un misógino o cosa por el estilo.

En todo caso revela la dificultad que, de ordinario, tenemos los hombres para interpretar los razonamientos femeninos. Como quiera que sea, lo cierto es que el gobierno adopta actitudes, toma decisiones, fija rumbos de acción y ensaya argumentos que no parecen corresponderse con su objetivo de máxima: sumar en el próximo mes de octubre una tal cantidad de votos que le permitan mantener vigente el sueño de la re–reelección en 2015.

¿Qué necesidad había de concebir una jugada de tamaña audacia con Irán para la cual ni la administración kirchnerista ni el país estaban preparados? Se hubiera requerido la astucia y la inteligencia de un Richelieu, un Bismarck o un Kissinger —si no se desea ir tan atrás en la historia— a los efectos de dar un paso así de osado. Con arreglo a una realpolitik pura y dura sería concebible dejar de lado los principios del derecho internacional público e ir directamente a las cosas, al margen de los tribunales y las leyes argentinas. Seamos honestos y admitamos que, cobijados en lo que prescribe el derecho, juzgar a los presuntos responsables del atentado contra la AMIA en Buenos Aires resulta poco menos que imposible. Irán jamás consentiría algo así. Por lo tanto, había que imaginar caminos alternativos.

Pero que Héctor Timerman pudiese desenvolverse con soltura en un ámbito del que desconoce el abc, en un asunto extremadamente complejo, era y es imposible. Se eligió el peor momento sin los hombres indicados, con lo cual el trapecista se pegó un porrazo de novela: la colectividad judía, con razón, le ha dado la espalda al gobierno —lo que no es poco— y no hay un solo experto que le encuentre sentido a la jugada. Audaz fue, sin duda, aunque sin posibilidad alguna de sacarle rédito.

Qué sentido puede tener esa manía de levantar contra uno de los dos únicos partidos tradicionales de la Argentina —cuya opinión favorable a una reforma de la Constitución viene de lejos— la gratuita y grosera acusación de narcosocialistas. Es cierto que hubiese resultado difícil disciplinar a los diputados y senadores del PS detrás de una reforma que, fogoneada por el kirchnerismo, siempre arrastrara un inequívoco propósito reeleccionista. Pero la condición necesaria para tener los dos tercios en las cámaras y así poder convocar a elecciones de constituyentes, era no volar los puentes con el radicalismo y el socialismo. Se requería sutileza para ello. El kirchnerismo, en cambio, se comportó como un elefante en un bazar.

Por qué reeditar, a esta altura de la historia, un nuevo congelamiento de precios por sesenta días, que casi nunca han servido para nada. Fuera de los que llevaron adelante, en contextos bien distintos a los de hoy, los ministros de Economía de Juan Domingo Perón —en su segundo gobierno— y de Juan Carlos Onganía, ningún otro experimento de esta naturaleza tuvo éxito.

Claro que comparar a Gómez Morales y Krieger Vasena con Guillermo Moreno parece demasiado. Fijar los precios como, en general, hace las cosas el secretario de Comercio —para decirlo sin eufemismos, a lo bestia— desemboca, por necesidad lógica, en un intento de ponerle un tope a los salarios por decreto. Ello con parte de los sindicatos en pie de guerra y una inflación que apenas da respiro.

Los ejemplos podrían seguir enumerándose sin solución de continuidad. Bastan los arriba señalados porque son los más visibles y —seguramente— los de mayor relevancia teniendo presente que todo cuanto haga el kirchnerismo desde ahora hasta octubre estará atado o formará parte de su estrategia electoral. Si esto es así, y no se requiere acreditar dotes de genio o de vidente para darse cuenta, la pregunta del millón es por qué Cristina Fernández decide como decide.

Puede haber múltiples respuestas a la pregunta, pero sobresale la que cabría llamar, a falta de mejor definición, la lógica del éxito pasado. ¿En qué consiste? Muy sencillo. Si, salvo casos excepcionales, todo lo que hice me salió bien en términos de resultados políticos —podría argumentar con cierta razón Cristina Fernández— por qué cambiar de libreto. Analizada la estrategia hegemónica del kirchnerismo, tomando como punto de partida mayo de 2003, sería difícil criticar a la actual presidente. Su marido, primero, y ella después han hecho literalmente lo que les vino en gana, y a diez años de aquella fecha sigue la señora detentando un poder casi omnímodo.

Como hasta ahora, pues, no se ha recortado en su horizonte ningún grupo de presión, factor de poder, fuerza electoral u hombre providencial capaz de oponerse a sus avances en todos los frentes, tiene algún sentido pensar que todo seguirá igual y que, redoblando la apuesta de cara a octubre, el desenlace —aunque hoy parezca lo contrario— será favorable a los planes de la presidente. Hay en su forma de razonar los problemas políticos una componente que no debe olvidarse: el desprecio olímpico que siente por el arco opositor.

Está claro que si a la natural tendencia de recluirse y no recibir a nadie que no le haga escuchar cuanto se corresponde con sus deseos, se le suma la mencionada lógica del éxito pasado, entender a la presidente se vuelve algo menos complicado. Con todo, las victorias obtenidas por el santacruceño y el contundente triunfo electoral de su mujer en octubre de 2011, no predicen nada respecto del futuro. En el curso ulterior de los acontecimientos, lo que marquen las estadísticas no sirve de mucho. Ni siquiera alcanza para fijar una tendencia.

Hasta aquí el gobierno tiene abiertas dos vías electorales para tratar de acercarse a los dos tercios. Por un lado, arrasar en los comicios que se substanciarán dentro de ocho meses —lo cual parece poco probable en lo que hace a la futura composición de la cámara baja e imposible en cuanto respecta a la de senadores— o convocar a un plebiscito que, de acuerdo a todas las encuestas conocidas, perdería por 40 a 60 en el mejor de los escenarios. Tiene otro camino más tortuoso y escandaloso que, sin embargo, no debería descartar nadie que conozca el peso inexistente de las instituciones en nuestro país: comprar voluntades de los diputados y senadores que se irán en diciembre o de los que asumirán ese mes. Es la variante Banelco. ¿Por qué no?

Por fin existiría la posibilidad de que alguien estuviese pensando en un plan de emergencia —no en las medidas estrafalarias de Guillermo Moreno— con el objeto de poner en caja la inflación y llegar, si tuviese éxito, en mucho mejores condiciones a los comicios legislativos. Hay quienes aseguran que en la mayor reserva algo de esto se evalúa en la Casa Rosada, y no han faltado quienes, en determinados mentideros políticos, se han animado a dar los nombres de dos figuras emblemáticas de la economía argentina —nada afectos al kirchnerismo— que habrían conversado largo y tendido en Olivos con la presidente. Sea verdad o una de las tantas versiones sin asidero que se echan a rodar entre nosotros, el año electoral comienza a tomar color. Hasta la próxima semana.

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