"El dilema bonaerense"

3 Abr 2013

Salvo que a Cristina Fernández le hagan encuestas a medida —lo cual no sería de extrañar en atención al temor, verdaderamente reverencial, que paraliza a sus subordinados cuando de llevarle malas noticias se trata— su preocupación respecto de la provincia de Buenos Aires ha deser mayúscula. A primera vista todo parecería indicar que la situación, compleja por donde se la mire y sin solución fácil ni rápida, a quien le debería quitar el sueño es a Daniel Scioli. Puede que sea así, a condición de incluir en ese quebradero de cabeza a la presidente.

Dejemos de lado, al menos de momento, las conjeturas y especulaciones propias de cualquier análisis de este tipo y pasemos revista a los hechos contantes y sonantes, o sea, a los datos que no admiten hoy discusión ninguna. Es cierto que, como estamos inmersos en el mundo de la política —caracterizado por la particularidad y la contingencia— cuanto ahora resulta incontrovertible mañana puede ser barrido por unos acontecimientos sorpresivos, que nadie haya tenido en cuenta. Pero, en líneas generales, y faltando apenas cinco meses para las internas y siete para las elecciones legislativas, hay cosas que difícilmente varíen.

En noviembre pasado uno de los principales operadores del kirchnerismo —entonces con acceso directo a la Casa Rosada— le hizo saber a la señora las dificultades que encontraba su cuñada para levantar cabeza en las encuestas. Que el alerta temprano caló hondo en Balcarce 50 lo puso en evidencia la decisión instantánea de medir a Florencio Randazzo y a Julián Domínguez entre el electorado bonaerense. Si Alicia Kirchner con el apellido a cuestas y los dineros de la acción social repartidos a diestra y siniestra desde 2003, no superaba 40 % de intención de voto, los otros dos nombrados ni siquiera traspasaban 15 %.

Que ello no ha mejorado lo demuestran las dos encuestas de Poliarquía, realizadas en enero y marzo pasados en el principal distrito electoral del país. A comienzos de año la candidata del Frente para la Victoria figuraba en primer término con 36 %, superando apenas a Francisco De Narváez que trepaba a 33 %. Sesenta días más tarde, poco más o menos, la Kirchner perdió cinco puntos, ubicándose segunda detrás del Colorado que mantuvo el caudal de enero. Margarita Stolbizer está tercera con 12 % y Gustavo Posse cuarto con 4 %.

No se necesitan muchas luces para darse cuenta que, si las posibilidades del kirchnerismo de ganar Mendoza, Córdoba, Santa Fe y el distrito Capital son remotas y si además, por muchos afeites y retoques que se le hagan a la candidata bonaerense, nunca lucirá atractiva desde el punto de vista electoral, el gobierno nacional está frente a un verdadero berenjenal.

Cristina Fernández todavía arrastra votos y su imagen —si bien se ha derrumbado desde que ganó los comicios presidenciales, un año y medio atrás— comparada con la de los demás políticos del arco opositor, es relativamente buena. El problema para ella es que no sucede lo mismo con ninguno de sus escuderos. Con sólo tomar nota de que el oficialismo ha mandado medir a Ricardo Forster —un desconocido del gran público— para encabezar la boleta de la Capital Federal, puede uno darse una idea de la orfandad que aqueja al FPV.

Alicia Kirchner es tan carismática como una estatua; Forster es un personaje ignoto fuera de los minúsculos ámbitos académicos y Agustín Rossi es un perdedor vocacional que, en Santa Fe, no le hace mella a Hermes Binner ni a Miguel Del Sel. Ni hablar de Córdoba, donde el kirchnerismo nunca ha terminado de hacer pie; o de Mendoza, donde Julio Cobos podría echarse a dormir una siesta hasta transcurrida la elección e igual le ganaría a cualquiera que se le pusiese enfrente.

¿Qué puede hacer, pues, Cristina Fernández? Aquí comienzan las conjeturas y, si se quiere, los ejercicios de imaginación, de ordinario tan riesgosos. Entre otras razones porque resulta menester ponerse en la cabeza de la presidente y pensar qué camino tomará de aquí a agosto, mes en el cual habrán de substanciarse las llamadas PASO. Al respecto es oportuno advertir que no son unas primarias formales, sin peso ni importancia. Por el contrario, si se desarrollasen con normalidad, marcarán una tendencia e inclusive anticiparán cuanto probablemente ocurra sesenta días después.

En virtud de lo que hasta aquí ha demostrado el kirchnerismo a la hora de acumular y defender el poder, ninguna de las tres alternativas posibles, enumeradas más abajo, es a priori descabellada y, por lo tanto, conviene sopesarlas con cuidado. Son, a saber, éstas: 1) mantener a

Alicia Kirchner al tope de la boleta conforme a una estrategia basada en el protagonismo no de la

hermana del santacruceño sino de su viuda; ello supondría que aquella tendría un papel de reparto

en tanto la presidente sería la actriz principal; 2) tratar de convencer o de amedrentar a Daniel

Scioli para que repita el curso de acción de cuatro años atrás, cuando secundó a Néstor Kirchner

como candidato testimonial; esto implicaría fumar con el gobernador la pipa de la paz y colmarlo

de favores, de lo contrario sería difícil imaginar por qué el mandatario provincial accedería a

desempeñar un rol tan poco decoroso y, en su momento, fallido; 3) intentar la misma jugada, sólo

que con Sergio Massa.

Se dirá, no sin buenas razones, que mientras la primera de las variantes parece lógica, las

otras dos tienen algo de forzadas y hasta podrían no resistir el análisis. Aun si fuese cierto, de

todas maneras el problema para el gobierno no se despejaría en tanto y en cuanto la intención de

voto de Alicia Kirchner no mejorase. El dilema que, en estas horas y por los próximos meses,

hasta cerrar las listas, deberá despejar Cristina Fernández, es producto de una candidatura —la de

su cuñada— incolora, inodora e insípida. Si, de buenas a primeras, el panorama cambiase

drásticamente, sea porque la ministro de Acción Social nos sorprende a todos con unas dotes de

campañas de momento desconocidas, o por el efecto locomotora de una presidente que cargase

sobre sus hombros la responsabilidad de vencer a De Narváez el 28 de junio, nadie pensaría en

Scioli o Massa.

M & A

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Pero si todo siguiese como hasta ahora, las posibilidades de que la Casa Rosada deba

negociar en serio con el ex–motonauta o con el intendente de Tigre estarían a la vuelta de la

esquina. Es que, en caso de no intentarlo, el 29 de octubre la derrota del kirchnerismo podría ser

similar en términos electorales e infinitamente peor en términos de su continuidad política, a la de

2009. Entonces cuanto se hallaba en juego era el dominio de un poder legislativo —la minúscula

nunca tuvo tanto sentido— irrelevante. En octubre, en cambio, del reacomodamiento en las dos

cámaras dependerá la posibilidad de motorizar o no la reforma constitucional y la re–reelección de

Cristina Fernández. ¡Pequeña diferencia!

Si lo que se juega es la vigencia del modelo más allá de 2015, por qué descartar un

acercamiento —no importa lo difícil que resulte— con las únicas dos personalidades de la política

que forman parte del peronismo y, hasta nuevo aviso, del FPV; que —si no debiesen rendirle

cuentas y pleitesía a la señora— ganarían cómodos cualquier elección en tierras bonaerenses y que

todavía no han cortado amarras ni volado los puentes con el gobierno nacional.

La ventaja con la cual cuenta la Fernández es que no tendría necesidad, en virtud de su

investidura, de peregrinar hasta La Plata o Tigre. Bastaría un llamado para que Scioli o Massa se

acercasen a Olivos. La desventaja es la soberbia que forma parte de su naturaleza. En su agenda no

figuran Scioli y Massa y ni por asomo pensaría hoy en invitarlos a negociar un acuerdo. La

presidente no sabe hacerlo. No concibe el principio del do ut des —doy para que me des—, sin el

cual no existe negociación ninguna.

Claro que si los relevamientos que analiza a diario no son sólo los de sus empleados

—Roberto Bachmann, Doris Capurro, Artemio López y Ricardo Rouvier, entre otros—, tarde o

temprano se dará cuenta que con lo que acredita de fuerza electoral no alcanza y que, en

consecuencia, si desea evitar un desastre electoral, algo deberá cambiar: los candidatos o la

estrategia o, quizá, las dos cosas a la vez. Santa Cruz ha sido un toque de atención. En la chacra

supuestamente alambrada y a prueba de balas de los Kirchner, un acorralado y vilipendiado Daniel

Peralta acaba de propinarle una paliza de proporciones a los seguidores de la presidente. Hasta la

próxima semana.

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