"Cuatro candidatos y un destino"

Cristina Fernández, Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri

31 Jul 2013

Cuatro candidatos y un destino

Podrá parecer extemporáneo especular sobre quienes ya han anticipado su deseo de sentarse, a partir de diciembre de 2015, en el sillón de Rivadavia. Falta aún tanto tiempo para que se substancien las próximas elecciones presidenciales y tantas serán las vicisitudes por las cuales deberán pasar Cristina Fernández, Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri, que suena fuera de lugar un análisis de este tipo.


Sin embargo, hay razones de peso que legitiman el intento, siempre y cuando el cuadro de situación sea trazado con beneficio de inventario. Nadie en su sano juicio podría, con semejante anticipación, pasar revista a las posibilidades de los arriba nombrados, confiando en que puedan extraerse conclusiones definitivas al respecto. Cuanto se escriba, pues, quedará enmarcado dentro del campo de lo provisorio y sujeto a los cambios que necesariamente tendrán lugar en los dos años y medio por venir.


Es del caso apuntar una salvedad más antes de meternos de lleno en el tema: el listado no pretende ser excluyente, ni mucho menos. Considerar sólo a esos cuatro dirigentes no significa que no existan otros dignos de ser tenidos en cuenta. Hermes Binner y José Manuel de la Sota, por ejemplo, también le han hecho saber al país sus aspiraciones presidenciales. Si los dejamos de lado  no es en razón de un capricho ni por menoscabar su envergadura política. Resultan excluidos porque hoy, al menos, carecen del peso necesario como para aspirar a un lugar de privilegio en la categoría máxima.

Ninguno de los cuatro tiene el futuro asegurado y todos, en mayor o menor medida, dependerán de los resultados electorales de octubre a los efectos de renovar, de cara a 2015, sus credenciales de favoritos. La ventaja inicial que, a expensas del resto, acredita el intendente de Tigre, se vincula, pura y exclusivamente, con el hecho de no tener que cargar en los próximos dos años con ninguna responsabilidad administrativa.
Comencemos por la presidente. Suponer que no desea prolongar la vida útil del modelo y ser la primera en gobernar ininterrumpidamente a la Argentina durante tres mandatos seguidos, sería pecar de ingenuos o de ignorantes. Es difícil imaginarla a Cristina Fernández tejiendo escarpines para sus nietos o, por muchas que sean sus ínfulas, recorriendo el mundo con el propósito de pronunciar discursos acerca de sus años en la Casa Rosada. Seguidora de su difunto marido en toda la línea, a ella no le gusta hablar del poder sino ejercerlo en plenitud.

Por lo tanto, necesita acercarse a los 2/3 en los comicios legislativos —algo que parece inalcanzable— o, en su defecto, pensar en un atajo por fuera de los carriles institucionales a fin de soñar con la re-re. Si como todo lo hace prever, su cosecha de votos dentro de cuatro meses es magra —no en términos de la simple pluralidad de sufragios sino de la meta de los 2/3— no le quedará otra alternativa que forzar las cosas y recorrer un camino peligroso —traspasando los límites de la legalidad— con el objetivo último de quedarse en Balcarce 50.

Forzar las cosas significa salirse de la senda constitucional y lanzarse a una aventura cuyos riesgos serían enormes. Quienes repiten que el kirchnerismo no abandonará el gobierno mansamente y que, como es su costumbre, un buen día nos despertaremos con alguna de esas decisiones extraídas de la galera, que tantos resultados exitosos le han dado en el pasado, en el fondo imaginan un autogolpe o cosa parecida.

¿Se animará la señora a tanto? En buena medida tendrá primero que hacer suya la campaña de Martín Insaurralde, depositar su voto y sentarse a esperar el escrutinio definitivo. Ella sabe perfectamente bien que la meta es superar con creces aquel 30 % obtenido por su marido en 2009.

Ante la imposibilidad de llegar a los dos tercios, el único escenario que le permitiría conservar las esperanzas es uno en el cual pudiera ufanarse de haber cosechado una notable cantidad de votos —no menos de 40 %— para así dar rienda suelta al argumento de que el FPV sigue siendo la primera fuerza política y que, luego de diez años, casi la mitad del país la apoya.

Pasar por encima de la ley o sostener una interpretación caprichosa de la Constitución no son prácticas desconocidas entre nosotros, pero a los fines de intentarlo con éxito se requiere que la relación de fuerzas le sea favorable. El desafío realista de la Fernández, pues, no tiene que ver tanto con los dos tercios como con el porcentaje de sufragios del FPV a nivel país. Si pudiese conseguir los 2/3 está claro que bailaría en una pata. Pero como, a esta altura, resulta imposible lograrlo, en su reemplazo necesita sumar una buena cantidad de votos. Esa será la condición necesaria para intentar el atajo antes mencionado.

¿Qué decir de Scioli? Debe rezarle a la Virgen y esperar que Massa no obtenga un triunfo amplio en su provincia a costa de Martín Insaurralde. Si el de Tigre se interpusiese por 10 ó más puntos, el actual gobernador —que, aparte, sería en ese supuesto co–responsable de la derrota—debería sepultar su ambición presidencial. No hay que olvidar hasta dónde el peronismo desconfía de los débiles e indecisos y qué costo se paga en ese movimiento cuando alguien es sindicado como culpable de un revés político de proporciones.

Las chances futuras del ex–motonauta son directamente proporcionales a tres factores ajenos a su voluntad: 1) que Massa no sea un suceso; 2) que luego del 27 de octubre Cristina Fernández le pague su actual subordinación con los fondos imprescindibles para mantenerse a flote en el distrito bonaerense, y 3) que la gente no lo considere un servil.

La encrucijada en la que se halla el mandatario bonaerense es tanto más complicada cuanto que es poco y nada lo que depende de su capacidad, timing, don de mando y poder de seducción para llegar entero a 2015. El rigor, su suerte —que la va a necesitar y mucho— está atada, como la  de todos los demás, al destino y a la acción de otros que son, para colmo de males, sus competidores: Cristina Fernández y Sergio Massa.

Mauricio Macri luce hoy desflecado y hasta no debería desestimarse la posibilidad de que haya descartado su participación en el pelotón de largada para las presidenciales de 2015. Ello producto de la inconcebible decisión de desatender la provincia de Buenos Aires, no presentando listas en el distrito que congrega casi 40 % del electorado nacional, y del apoyo público a Sergio Massa que es uno de los principales o su principal competidor en el caso de que ambos fuesen de la partida dentro de dos años.

El jefe de gobierno porteño sólo podría aspirar a meterse en la pelea si: 1) sus candidatos se imponen en la Capital Federal; 2) si se decide finalmente a transformar al PRO en un partido nacional, y 3) si consigue disputarle a Massa los nichos del voto independiente de la sociedad argentina. Hasta la irrupción del intendente de Tigre, tanto Macri como Scioli parecían los más indicados para recibir el caudal de votos independientes y también el de los peronistas opuestos al kirchnerismo. Con Massa en carrera, el panorama se modificó de manera abrupta.

Por fin, está Sergio Massa que, del conjunto mencionado, es de lejos el que más depende de sí mismo y el único —como quedó expresado al principio— que no tendrá responsabilidades de gobierno y, por lo tanto, no sufrirá el desgaste propio de cualquier hombre público al frente de una repartición, ministerio, provincia o país. Mientras Cristina Fernández, Daniel Scioli y Mauricio Macri tomarán decisiones que necesariamente afectarán a parte o a toda la población de la Argentina, para bien o para mal, Sergio Massa —cómodamente instalado en la Cámara de Diputados— podrá dedicarse a recorrer varias veces la geografía argentina y a hablar de los problemas que afligen a la gente, sin pagar ningún precio. Como ventaja no puede ser mayor.

Más allá de eso, su figura ha crecido de tal manera y las expectativas que ha comenzado a generar su nombre son tantas, que su principal misión de cara a octubre es saber administrarlas. Nadie le pide que defina un programa de gobierno con pelos y señales. Entre otras razones porque no se elije un presidente o un gobernador sino diputados y senadores. Nadie le exige que se ponga de pica con la presidente o que arremeta contra este o aquel competidor. Lo que ha prendido en el electorado es su moderación, su juventud y su simpatía. El desafío que tiene por delante es no defraudar a sus votantes en estos aspectos, algo relativamente simple tratándose de un político extrovertido, con la sonrisa siempre dibujada en su rostro.

En punto al comicio propiamente dicho y partiendo de la base que difícilmente cometa una torpeza capaz de hundirlo, si ganase por un margen amplio — inicialmente Managment & Fit, Poliarquía y Jorge Giacobbe le habían dado entre 10 y 15 puntos por arriba de Martín Insaurralde— se convertiría, en un abrir y cerrar de ojos, en el dirigente más importante y con más futuro del país. Eso no lo depositaría automáticamente en Balcarce 50, pero le haría más fácil el camino.

Todas las especulaciones aquí vertidas deben ser tomadas con pinzas y, lógicamente, son en extremo opinables. Pero, opinables y todo, de no mediar imponderables y si no se acortase el mandato de Cristina Fernández, no sólo no resultan caprichosas sino que responden a la presente relación de fuerzas de la política argentina. Hasta la próxima semana.

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