Turismo

Balcarce, aire serrano

Así como se respetan los legados deportivos y culinarios, en Balcarce también hay ansias de cambio en la ciudad. Si hace mucho que no vas este verano puede ser una buena excusa para escaparse

El viejo hotel Balcarce, por ejemplo, renovó las suites de su primer piso y ya no se distingue el edificio de la década del 70. Con pisos y muebles nuevos, hidromasaje y salida a una terraza, cambió su nombre para formalizar el inicio de una nueva era. Ahora se llama Hotel 646. Hacia la sierra La Barrosa despunta otra novedad, el complejo Vieja Cantera, que consta de cuatro habitaciones con galería construidas con materiales reciclados por su dueño, Fabián Martín González.

Para sumergirse entre las sierras, la clave es visitar Villa Laguna Brava, a 30 km. Justo al pie de la sierra La Brava, sigue firme Piedra Naranja con su propuesta de actividades al aire libre y planes de expansión: van a sumar dos cabañas a las cuatro existentes. Sus dueños, Nadia Beilinson y Carlos Kiricos, nutricionista y odontólogo respectivamente, colgaron el ambo para hacer de este rincón silvestre su refugio íntimo. Ven cada día cómo el sol asoma por la laguna, se duermen con el croar de las ranas y cruzan a sus hijos –Borja y Gael– en kayak a la escuela, entre carpinchos, biguás y cuervillos. No tienen señal de teléfono, pero sí luz y wifi un par de horas a la noche, lo necesario para conectarse con el mundo exterior sin poner en jaque la frecuencia natural.

El resto del día, invitan a desenchufarse de manera activa en un entorno que se presta para hacer de todo. Ellos mismos, rebosantes de energía, son los que guían las salidas. El día que llegamos, nos apuntan a una cabalgata, más tarde a una remada y, como broche final, nos invitan a volar en parapente. 

Subimos en grupo hasta la punta de la sierra, cargando el equipo. Además de Carlos y Nadia, se suman dos amigos parapentistas. Yo voy en un biplaza con Carlitos, y los otros nos ayudan a despegar. Cuando me quiero acordar ya estoy en el aire, con las piernas flotando y la mente en Júpiter. Casi no siento vértigo. Es puro placer a un ritmo imperceptible. Con un cielo sin nubes, alcanzamos a ver la Sierra de los Padres y otras elevaciones de este sistema, uno de los más antiguos del planeta. Si voláramos un poco más alto, llegaríamos a ver el mar. Carlos me cuenta que sus pasajeros le hicieron todo tipo de confesiones y planteos existenciales en el aire. Piensa que no sería mala idea hacer terapias de vuelo. ¿Por qué no? Nadia, que vuela sola y hace piruetas, se apura a aterrizar para ir a buscar a sus hijos a la escuela. Más tarde, mientras cenamos, me dice: “a mí me fascina meterme en las nubes y volar entre los pájaros”. Así lo hizo en todas partes del mundo, cada vez que pudo, desde Machu Picchu hasta Grecia y Marruecos.