El carbón de la panoja es una enfermedad sistémica del maíz causada por el hongo Sporisorium reilianum, que infecta a la planta en etapas muy tempranas del cultivo. Sin embargo, los síntomas recién se manifiestan en floración, cuando el daño ya está definido, lo que explica por qué se trata de una enfermedad frecuentemente subdiagnosticada.
A diferencia del carbón común (Ustilago maydis), no produce tumores aislados. En este caso, el patógeno reemplaza total o parcialmente la panoja y/o la espiga por una masa de esporas negras, lo que se traduce en pérdidas directas e irreversibles de rendimiento.
Ciclo biológico
El patógeno responsable de la enfermedad sobrevive en el suelo y en los rastrojos en forma de teliosporas, que pueden mantenerse viables durante varios años. La infección se produce durante la germinación y la emergencia, cuando el hongo penetra a través de las raíces y tejidos embrionarios.
Una vez dentro de la planta, el hongo se establece de manera sistémica y avanza sin generar síntomas visibles durante todo el período vegetativo. Recién en floración coloniza la panoja y la espiga, donde reemplaza los tejidos florales por masas de esporas negras, momento en el que la enfermedad se hace evidente.
Estas esporas se liberan al ambiente y se diseminan principalmente por acción del viento y durante la cosecha, alimentando nuevas fuentes de inóculo. Cabe destacar que, hacia estadios como V6, el cultivo ya se encuentra definido como infectado o sano, sin posibilidad de nuevas infecciones ni de control químico.
¿Qué condiciones favorecen su aparición?
El desarrollo del carbón de la panoja está asociado a la presencia de suelos infestados, especialmente en lotes con antecedentes de la enfermedad, y a siembras tempranas realizadas con bajas temperaturas de suelo. A esto se suman situaciones de estrés durante la implantación, como compactación, anegamiento o una mala emergencia del cultivo.
Además, el monocultivo de maíz o las rotaciones cortas, el uso de híbridos susceptibles y la ausencia o el uso deficiente de curasemillas fungicidas contribuyen a incrementar el riesgo de aparición de la enfermedad.
¿Qué daños puede ocasionar?
La enfermedad puede provocar el reemplazo total de la panoja, con pérdida de polen, y de la espiga, lo que deriva en una pérdida completa del grano. En esa línea, genera plantas estériles, sin capacidad productiva, con mermas de rendimiento proporcionales a la incidencia observada en el lote.
A largo plazo, la presencia de plantas enfermas incrementa el inóculo disponible en el ambiente y eleva el riesgo para campañas posteriores. En este sentido, los técnicos coinciden en que no existen umbrales de tolerancia: una planta enferma equivale a una pérdida total.
Estrategias de manejo
Desde el punto de vista genético, destacan la importancia de seleccionar híbridos con tolerancia comprobada a la enfermedad y evitar, en lotes con antecedentes, aquellos materiales que hayan mostrado mayor susceptibilidad.
Dado que el control es exclusivamente preventivo y no curativo, también sugieren el uso de curasemillas con fungicidas sistémicos específicos, como triazoles y mezclas modernas, como una herramienta clave. A nivel de sistema, aconsejan la rotación de cultivos con soja, trigo o leguminosas y un adecuado manejo de rastrojos y de las condiciones de implantación. Asimismo, en lotes con antecedentes de la enfermedad, advierten que conviene evitar la repetición del cultivo de maíz.
