Agroecosistemas

Restaurar para producir: la biodiversidad como el activo oculto de la rentabilidad agrícola

En la última Expoagro, el Lic. Mariano Lattari explicó por qué la biodiversidad y los servicios ecosistémicos son hoy los activos estratégicos del campo para mitigar riesgos climáticos y optimizar costos

6 Abr 2026

En el marco de la 20.ª edición de Expoagro, el Lic. en Biología Mariano Lattari, docente de Ingeniería Agronómica de la Universidad Católica Argentina (UCA), ofreció la charla "Revalorizar y restaurar la vida en los agroecosistemas". Durante su exposición, planteó una premisa disruptiva: la sostenibilidad ya no es un mero compromiso ambiental, sino la base de la rentabilidad a largo plazo. 

Lattari fue tajante: "Le dimos la espalda a la naturaleza y ese dominio no fue gratuito". Bajo esta premisa, señaló que la crisis climática y la pérdida de biodiversidad obligan a repensar el agroecosistema, entendido como un sistema natural modificado por la intervención humana donde se amalgaman la tecnología y los procesos biológicos. En este esquema, la biodiversidad no es un decorado, sino el eje de la estabilidad: "Cuanto mayor sea la diversidad biológica, mayores posibilidades tendrá el sistema de ser resiliente y mitigar crisis como el cambio climático", enfatizó.

Mariano Lattari en el stand de Expoagro. Fuente: UCA.

Para enfrentar estos desafíos ambientales (como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad), una de las claves del éxito radica en conocer, comprender y gestionar correctamente los servicios ecosistémicos (SE). Si bien se clasifican pedagógicamente en apoyo, culturales, de regulación y de provisión, el productor suele estar más familiarizado con estos últimos (granos, carne, madera).

Sin embargo, Lattari resalta el valor estratégico de los SE de regulación: entender cómo funcionan procesos como la polinización o el control biológico es lo que permite diseñar agroecosistemas más eficientes. En cultivos como el girasol o la colza, este conocimiento aplicado se traduce directamente en una mayor productividad.

Agrobiodiversidad funcional: la unión hace la fuerza

Uno de los puntos más innovadores de la charla fue la distinción entre la biodiversidad "planeada" (el cultivo en el lote) y la "asociada" (aquella que presta principalmente servicios de regulación). Históricamente ignorada o combatida, la vegetación silvestre en borduras y alambrados funciona como refugio para organismos benéficos. Para aprovechar este activo, el especialista recomendó prácticas concretas: intensificar las rotaciones, utilizar cultivos de cobertura y valorizar esos espacios marginales permitiendo que los polinizadores y los controladores biológicos naturales permanezcan en el establecimiento.

El desafío de medir la biodiversidad

A diferencia de indicadores tradicionales como el rinde o el índice de cosecha, monitorear la biodiversidad requiere de tecnologías de precisión y técnicas de identificación avanzadas. En este sentido, Lattari destacó la labor de InBioAgro, una iniciativa colaborativa entre CREA, CONICET, INTA y universidades nacionales, que ha desarrollado protocolos específicos para las ecorregiones Pampeana y Chaqueña. Estas herramientas permiten sistematizar el relevamiento de aves, mamíferos y polinizadores, transformando datos biológicos complejos en indicadores gestionables para el productor.

¿Biodiversidad funcional por agroquímicos? Una transición posible

Al consultarle si la biodiversidad puede reemplazar a los insumos sintéticos, Lattari fue cauteloso pero optimista. Si bien el reemplazo total es hoy propio de la producción orgánica, en el agro convencional, la incorporación de la teoría ecológica puede reducir drásticamente la carga química. Este cambio no solo representa un alivio ambiental, sino que también aporta una clara utilidad social, al mitigar posibles conflictos, como en el caso de las ordenanzas municipales que limitan las aplicaciones de fitosanitarios próximas a centros poblados y áreas periurbanas.

En sintonía con tendencias globales como el Green Deal europeo, el especialista advirtió sobre la necesidad de anticiparse a mercados que exigen cada vez menos trazas de fitosanitarios en los alimentos. Asimismo, resaltó el beneficio económico directo: los servicios ecosistémicos (como en el caso del control biológico por conservación) son aliados gratuitos que, al fortalecerse, permiten prescindir de aplicaciones químicas y le dan al productor la posibilidad de ahorrar costos.

El camino hacia el paisaje productivo

Para que este modelo prospere, Lattari asegura que la escala de trabajo debe trascender el lote para pensarse a nivel de paisaje. Bajo la premisa de "actuar localmente y pensar globalmente", el docente propone emular los niveles de organización biológica: comenzar por el manejo del lote, coordinar con otros productores y finalmente integrar al municipio y la región. Este enfoque sistémico es vital, ya que, si los diferentes actores (productores, asesores técnicos e investigadores de diversas disciplinas e instituciones) están disociados, es muy difícil generar los beneficios ambientales y productivos que el paradigma de la bioeconomía promete.

Finalmente, el especialista subrayó que una de las principales barreras para consolidar este modelo es la brecha existente entre la investigación académica y la realidad del territorio. Si bien existe un gran número de investigaciones y ensayos, falta fortalecer la transferencia tecnológica, la capacitación técnica y la divulgación. Al respecto, Lattari destacó que gestionar la biodiversidad en los paisajes rurales no es una opción: es una necesidad. Y es también una oportunidad para recuperar vínculos, no solo entre especies y ecosistemas, sino también entre quienes producen, quienes investigan y quienes toman decisiones.

Por lo mencionado, la recomendación para los productores que busquen dar el primer paso es formarse e interiorizarse en las estrategias del modelo productivo bioeconómico para luego apostar por una transición gradual y respaldada por el conocimiento técnico-científico, apoyándose en instituciones de referencia, tanto públicas como privadas, como: el INTA, CREA, Cámaras Empresariales, CONICET y las universidades. "Esta articulación entre conocimiento científico y práctica productiva resulta clave para avanzar hacia sistemas más resilientes, equitativos y sostenibles", concluyó el docente.

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