"Yo sé, que Tú sabes, que yo sé... (Cristina y Daniel)"
Todo parece indicar que Cristina Fernández desea continuar en la Casa Rosada después de 2015. El apetito que tanto su difunto marido como ella misma demostraron cuando se trató de ejercer el poder, unido al proyecto de carácter hegemónico que inauguraron en 2003, así lo anticipa. Pero no hay certezas del verdadero convencimiento de la presidente. Sobre todo si se calibran en su justa medida las dificultades que enfrentaría cualquier intento del oficialismo de prolongar la estadía de la viuda de Néstor Kirchner en Balcarce 50 más allá de esa fecha.
Es cierto que la señora no es amiga de escuchar cuanto contradice sus deseos y que, desde la muerte de su esposo, en octubre de 2010, se ha encerrado en Olivos sin que se conozca la existencia de monjes negros, eminencias grises, favoritos o íntimos capaces de acceder a ella y hablarle a calzón quitado sobre lo que pasa en el país. Lo cual no quita que, por razones obvias,deba reunirse con colaboradores, escuchar informes acerca de la administración que preside y tejer planes de cara al futuro.
Por lo tanto, aunque se encuentre, por propia voluntad, aislada, conoce las dificultades objetivas que se interponen entre sus deseos —que en general damos por descontados— y la re–reelección. Por ejemplo, en los próximos comicios legislativos se renovará un tercio del Senado. Esto significa que en ocho provincias —Tierra del Fuego, Neuquén, Río Negro, la Capital Federal, Entre Ríos, Salta, Santiago del Estero y Chaco— habrán de elegirse tres representantes —dos por la mayoría y uno por la minoría— para ocupar las correspondientes bancas en la cámara alta de la Nación. Con esta particular coincidencia: el kirchnerismo en siete de esos ocho estados provinciales ya tiene la mayoría. Si en octubre, contra la lógica, el Frente para la Victoria lograse imponerse en todos los distritos mencionados, sólo obtendría un senador más y seguiría necesitando, para alcanzar los dos tercios requeridos para una reforma constitucional, siete votos, al menos. Salvo que los comprase —algo que no debería descartarse—, hasta un chico de jardín de infantes se daría cuenta, a casi doscientos cuarenta días de los comicios, que el Senado está perdido si el parámetro es la obtención de los dos tercios.
Hay, por supuesto, otros hechos que hacen pensar. La silbatina y los abucheos de miles de personas en la Plaza de Mayo, seguramente deben haber calado hondo en el ánimo de una mujer que ahora, fruto de sus declaraciones en extremo desgraciadas y de cierto espíritu esquivo a la hora de solidarizarse con los familiares de las víctimas de la tragedia de Plaza Once, aparece como insensible ante la desgracia ajena. Por mucho que sus amanuenses se esfuerzan en llevarle sólo buenas noticias, ¿cómo ignorar lo que sucedió el sábado delante de la Casa de Gobierno?
Esta vez les resultó imposible a las usinas ideológicas del kirchnerismo cargar en la cuenta de los manifestantes el sambenito de fascistas, oligarcas o derechistas. Debieron llamarse a silencio tanto como la presidente que, en su desesperación o fastidio, al percibir en carne propia como ha cambiado el humor social en apenas un año, no tuvo mejor idea que pedirle la renuncia al ministro del Interior. Luego dio marcha atrás.
Cuánto pesan en la conciencia y en el corazón de la presidente los escollos electorales, de momento insalvables, y el creciente rechazo de una parte considerable de la ciudadanía, no sólo a su política sino también a su persona, nadie lo sabe. De modo que en la materia no queda más remedio que especular. Está claro que, por unas elementales razones de concesión política, tan viejas como el mundo, Cristina Fernández —aun si se hubiese bajado de la re–re— nunca lo reconocería en público. Hacerlo supondría, en Suiza como en la Argentina, recortar —sin necesidad y por anticipado— su propio poder. Sólo que en la nación helvética todo no pasaría de un inconveniente sin consecuencias institucionales. Aquí, en cambio, el anuncio causaría una conmoción dentro y fuera del kirchnerismo, y en todo el arco peronista la noticia desataría una lucha sin cuartel por la sucesión.
Así, pues, hasta nuevo aviso —el cual difícilmente se produzca antes de octubre— habrá que dar por descontado que el intento de quedarse en la Rosada y de afianzar el modelo hegemónico es la aspiración de máxima de la presidente de la Nación. En este punto del derrotero entra a tallar la figura de Daniel Scioli por motivos en parte ajenos a su voluntad. Si fuera por el gobernador, nada desearía más que acortar distancias con el poder central y acordar unas condiciones, siquiera mínimas, de convivencia para salvar el tránsito desde ahora hasta el último domingo de octubre. Es genuino cuando vocea que tiene vocación de acompañar el proceso reeleccionista de la Fernández, y que sólo en el caso de que fracase en el intento él lanzaría su candidatura sin pedirle permiso a nadie.
Scioli, como la gran mayoría del peronismo, piensa hoy que los dos tercios son una meta demasiado lejana y que, finalmente, Cristina deberá aceptar la realidad. El problema es que en política —y, de manera especial, si tiene enfrente al kirchnerismo— los buenos deseos y las especulaciones anticipadas valen poco y nada. Aun cuando haga buena letra y recite todas las declaraciones de lealtad que imaginar uno pudiera, seguirá siendo el principal enemigo del gobierno. Y no porque alguien piense en la corte de Olivos que si el ex–motonauta se calzase la banda presidencial se cobraría las bajezas y zancadillas que, a sus expensas, ensayó el matrimonio en el curso de estos diez años. Nada de eso.El gobernador es víctima menos de su ambición de suceder a Cristina Fernández que del hecho de resultar poco confiable en punto a lo que se define como “la continuidad del modelo”.
En resumidas cuentas, es culpable porque el oficialismo lo supone ajeno por completo a su universo. Nadie lo imagina metiéndola presa a la señora o a alguno de sus ministros emblemáticos en el caso de ser su sucesor. En este orden, el kirchnerismo no podría estar más tranquilo. La razón de la enemistad política reside en otro lado.
Por raro que le parezca a quienes lo consideran un pusilánime, incapaz de hacerse valer frente a las insolencias y desprecios que le han enderezado siempre desde Balcarce 50, Scioli no quiere cobrarse cuentas pasadas pero, al propio tiempo, no está dispuesto a seguir al pie de la letra un libreto con el cual no comulga. Si hubiese que ponerlo en pocas palabras, con trazos gruesos, el mandatario provincial prefiere el mercado al estado, Estados Unidos antes que Venezuela, el orden al garantismo, la seguridad jurídica a la discrecionalidad. En todo está más cerca de Carlos Menem que de Néstor Kirchner.
Cristina Fernández y Daniel Scioli no hablan desde hace meses y no tienen interlocutores. Los dos saben hasta qué punto se necesitan, aunque sus caminos cada vez diverjan más y más. Aquélla, para tratar de compensar en la provincia de Buenos Aires las derrotas seguras en Mendoza, Córdoba, Santa Fe y la Capital Federal. ¿Cómo, si no es imaginando algún tipo de ingeniería electoral con el gobernador, podría la presidente acariciar un triunfo holgado en el principal distrito electoral del país? Solas, las Kirchner —Alicia y Cristina— podrían aspirar a ganar, cuando de lo que se trata es de arrasar.
Éste es el principal motivo por el cual, más temprano que tarde, las arcas de Hernán Lorenzino se abrirán para que los maestros comiencen las clases en Buenos Aires. Antes —a semejanza de cuanto sucedió a mediados de 2012— descargarán todas las baterías contra el mandatario que odian pero al que no pueden —por mucho que les gustaría— mandar a Siberia. Cristina Fernández y Daniel Scioli están condenados a pelearse y a entenderse en una saga que, de momento, tiene final abierto. Si la viuda de Kirchner un día perdiese los estribos y ordenase dejarlo al de La Plata sin fondos —cosa que podría hacer ahora o en junio, al momento en que se deba abonar el medio aguinaldo— Scioli tendría los días contados. Claro que en tal caso estallaría la provincia y, con el escándalo, la re-re quedaría definitivamente sepultada.
El otro escenario —que fuese el mandatario bonaerense quien, en un arranque de furia, decidiese hacer rancho aparte en octubre y rompiese abiertamente con el Frente para la Victoria— es imposible. Aunque el daño que le causaría a su antagonista de la Rosada sería inmenso, nada más alejado de la idiosincrasia de Scioli que patear el tablero.
Cuanto hay que tratar de imaginar ahora es la naturaleza de la negociación entre los dos. Al respecto, el dilema de la Fernández vendría a ser el siguiente: como requiere los servicios del gobernador bonaerense, debe auxiliarlo financieramente, aun sabiendo que así lo beneficia y lo mantiene en su condición de sucesor más probable. Si, en cambio, para sacarlo de escena no le manda la plata y lo asfixia, reemplazándolo por Mariotto, la consecuencia inmediata sería que Scioli —victimizado e independizado del Frente para la Victoria— dividiría el voto en octubre. En tal caso Alicia Kirchner podría salir segunda o tercera. Una verdadera catástrofe.
Cualquiera que sea la lente que se utilice a los efectos de analizar la relación, la conclusión será siempre la misma: se necesitan el uno al otro de una manera tal que la sangre no llegará a derramarse. Cuando menos, de aquí a octubre. Salvo que la presidente decida suicidarse. Hasta la próxima semana.