Vientos de Fronda

A semejanza de lo expresado la semana pasada respecto de la inutilidad de entrar y salir en disputas cuantitativas sobre el 8N, lo mismo vale decir del paro general que se ha llevado a cabo. Poco importa determinar con precisión de centavo si fue acatado de manera masiva o no. Menos sentido tendría comparar la huelga que acaba de terminar con las 13 medidas de fuerza que, en su momento, encabezadas por Saúl Ubaldini, los sindicatos de origen peronista enderezaron en contra de Raúl Alfonsín o las 8 que le hicieron a Carlos Menem.

Así como dos jueves atrás las grandes manifestaciones que ganaron las calles argentinas debían ser medidas no por su calado numérico sino por lo que significaron en términos de un humor social que ha cambiado a expensas del kirchnerismo, así también a este paro es menester evaluarlo —al menos en primera instancia— por la distancia que del gobierno ha tomado un sector muy significativo del gremialismo y por el desafío hecho a Cristina Fernández, que no fue capaz de impedir los cortes de ruta y no pudo evitar la virtual paralización del país.

Nadie se hubiese animado —ni siquiera el todopoderoso jefe de los camioneros— a obrar así delante de Néstor Kirchner. No porque temiese su carácter colérico o su índole vengativa sino en razón de que su poder y autoridad eran reconocidos y acatados sin necesidad de que alguien le recordase a los sindicalistas quién era el presidente y quién mandaba efectivamente en estas playas. Esa relación tácita de obediencia se ha quebrado para siempre. Mientras vivió el santacruceño hubiera resultado inimaginable que, desde el riñón del justicialismo, se sublevara el gremio que mayores beneficios obtuvo de su administración.

El dato más relevante, pues, no es el porcentaje de adhesión del paro —que fue enorme— sino la huelga como decisión compartida de dos CGT —la de la calle Azopardo y la Azul y Blanca— y de la CTA, instrumentada inmediatamente después del 8N y en correspondencia con los vientos de fronda que comienzan a agitar al peronismo. Que el domingo Moyano haya respaldado las aspiraciones presidenciales de Daniel Scioli no fue una casualidad ni mucho menos.

No significa lo dicho que el sindicalista y el gobernador bonaerense se hayan puesto de acuerdo y hayan decidido dar el citado paso de la mano. No es la primera vez que aquél, para irritar a Cristina Fernández y ponerle algo de presión al mandatario provincial, ha salido a quebrar una lanza en favor del ex–motonauta. Tampoco será la última.

Si a un año de las elecciones legislativas —cuya trascendencia en orden a la continuidad o clausura de la hegemonía kirchnerista no se necesita explicar— dos gobernadores —el de Córdoba y el de Santa Cruz—, un intendente emblemático del Gran Buenos Aires —Jesús Cariglino—, y el gremialista más encumbrado de la Argentina, han cruzado de vereda dispuestos a encabezar, dentro del peronismo, la reacción contra Cristina Fernández, qué no sucederá el día en el cual quede al descubierto la imposibilidad de la presidente de ser reelecta.

El camino que han tomado, entre otros, José Manuel de la Sota, Daniel Peralta, Hugo Moyano, Luis Barrionuevo y Jesús Cariglino, no tiene retorno. Ellos son algo así como la punta de un iceberg que todavía se halla sumergido y cuya envergadura hoy es materia abierta a discusión.

En petit comité no hay gobernador que hable con unción de Cristina Fernández. Así y todo, Daniel Scioli, Jorge Capitanich y Juan Manuel Urtubey —por nombrar sólo a algunos— hicieron fila india el fin de semana para asistir a la película dedicada a Néstor Kirchner y rivalizaron en elogios a la hora de recordar al muerto. Suponer que su subordinación transparenta una vocación de inmolarse junto a la señora, si acaso ella se los pidiese, sería malinterpretar las formas constitutivas del peronismo.

Mientras no cambie dramáticamente la actual relación de fuerzas —y ello sólo puede ocurrir el día que, conocidos los resultados de los comicios de octubre próximo, alguien diga en público “la reina esta desnuda”— ninguno de todos ellos se animará a desafiar a la Casa Rosada.

El unitarismo fiscal es un arma formidable frente a la cual tiemblan como hojas en la tormenta. Pero del hecho de que los más de entre los mandatarios provinciales justicialistas luzcan hoy como soldados obedientes de la Fernández no se sigue que no tracen planes de cara al futuro.

Es que los cálculos electorales que se manejan en la actualidad son de todos conocidos. No hay grandes misterios al respecto; y si bien los escenarios pueden sufrir modificaciones de aquí en adelante, el oficialismo está muy lejos de los 2/3 que necesita en el Congreso para poner en marcha la reforma constitucional. Eso lo sabe desde la presidente hasta el último de los punteros, pasando por Scioli, Massa, De la Sota, Gioja y el kirchnerismo de paladar negro.

Prueba de lo expresado antes ha sido el reportaje —verdaderamente imperdible— que el diario La Nación le hizo el fin de semana a Diana Conti. Lo que ella reveló, sin decirlo claramente, es la honda preocupación que existe en las filas del Frente para la Victoria acerca de la continuidad del modelo. La razón no requiere mayores explicaciones: no hay delfín a la vista y si Cristina Fernández no contase con los votos necesarios —que parecen difíciles de obtener— el futuro luciría negro. Por supuesto que la Conti se encargó de decir que, aun sin la señora, el kirchnerismo tendría una presencia poderosa en el Congreso y en ningún momento se dará por vencido. Pero basta leer entre líneas para notar la desesperación que comienza a hacer presa del kirchnerismo.

En este contexto, la manifestación más lavada es tomada como una señal contestataria. Daniel Scioli habló en un acto de la agrupación que reúne a sus seguidores —La Juan Domingo— y no expresó nada nuevo. Por lo menos, nada que no supiésemos. En ningún momento criticó a la presidente ni se desdijo de su promesa de acompañarla en la senda de la re-re. Apenas pidió que se escucharan los reclamos de la gente —en alusión al 8N— y le tendió la mano a los peronistas que no son bien vistos por el gobierno nacional. Todo en su estilo; o sea, sin lastimar, sin mencionar a nadie con nombre y apellido y sin jugarse por nada.

Si la situación general del país fuese la de un año atrás y el humor social no hubiese sufrido el cambio abrupto que está a la vista, sus palabras habrían pasado inadvertidas. Pocos si acaso algún medio le hubieran dedicado sus primeras páginas. Sin embargo, algo luce diferente y un discurso más de pronto pareció transformarse en un aviso anticipado de rebelión. ¿Hay un proyecto sciolista en marcha dispuesto a enfrentar de manera abierta a la presidente? En absoluto. ¿Sacará el gobernador o el intendente de Tigre, Sergio Massa, los pies del plato antes de octubre?

Poco probable, por no decir imposible. Pero, entonces, ¿por qué imaginar ruido de sables donde no hubo sino generalidades? En razón de las consecuencias no queridas que siguen a determinados actos. Scioli deseó hacerse presente sin herir la susceptibilidad presidencial. Fue cauto, educado y obediente. Sólo que nadie lo interpretó así. Hasta la próxima semana.