"Massa e Insarraulde"
El acuerdo entre Daniel Scioli y Sergio Massa estaba tan avanzado que algunos de sus colaboradores más íntimos brindaron, no sin cierto alborozo, que sus jefes hubieran decidido marchar juntos a los comicios de octubre. Hasta el viernes 21 de junio a la noche todo hacia pensar que los dos referentes de mayor calado electoral de la provincia de Buenos Aires enfrentarían al Frente para la Victoria dentro de cuatro meses. De palabra, al menos, al gobernador bonaerense y el Intendente de Tigre habían consensuado listas comunes en las distintas secciones y sólo faltaba el anuncio.
Qué pasó entre la noche del viernes y el mediodía del sábado para que el ex–campeón de motonáutica se echara atrás, es materia abierta a debate. Lo cierto es que, girando en redondo y dando por tierra con lo pactado horas antes, Scioli decidió cerrar filas con el kirchnerismo, aceptar mansamente las condiciones de la Casa Rosada y proclamar a los cuatro vientos su fidelidad a la causa de Cristina Fernández. En compensación, no recibió más críticas despiadadas del oficialismo nacional y hasta fue aceptado por quienes no lo recibieron nunca durante los últimos meses. No se le permitió poner a los hombres de su confianza ni en la boleta de diputados nacionales ni tampoco en la que más le interesaba a él, por razones obvias: la de diputados provinciales. Pero, como convidado de piedra, se levantó su excomunión con el requisito de que pusiera el hombro en la campaña de Martín Insaurralde.
Sucedió lo que estaba cantado si Scioli no rompía con el FPV y había que lanzar al ruedo a un candidato —el intendente de Lomas de Zamora— que pocos conocían: la campaña quedaría en manos de las únicas dos personas del oficialismo nacional con predicamento en la gente. A partir de ahora, pues, Cristina Fernández y Daniel Scioli tratarán —con resultado que está por verse— de asumir ellos dos la responsabilidad de poner la cara por y guiar los pasos de Insaurralde. Otra alternativa no tenía la presidente y optó, entonces, por poner en practica la única a su alcance, que no es mala.
El problema con el candidato de la Casa Rosada resulta, en principio insoluble: no lo conoce casi 60 % del electorado y faltan menos de 120 días para que se substancien las elecciones. Salvo, claro, que cuente, como los chicos que recién comienzan a andar en bicicleta, con andadores. En este caso sus andadores tendrán nombre y apellido y cuentan a su favor con una intención de voto nada desdeñable. Scioli es, después de Massa, el político más favorecido en las encuestas bonaerenses y Cristina Fernández —si figurase su nombre en las boletas— recibiría 30 % de los votos. No es poca cosa.
La cuestión es saber si en el cuarto oscuro la gente votará a Insaurralde como si fuera la presidente y el gobernador o, para ponerlo de otra manera, si a semejanza de cuanto sucedía con Juan Domingo Perón el electorado adicto sufragará en favor del intendente de Lomas de Zamora sin pestañar. El fundador del movimiento podía, con base en su carisma incomparable, mandar a votar por la mona Chita, sabedor que ésta ganaría sin necesidad de presentar credenciales. Que suceda lo mismo ahora parece poco probable. Hay un verdadero abismo entre el general al cual todos mentan y reverencian, sin prestarle demasiada atención a su historia y a su pensamiento, y los dos valedores de Martín Insaurralde.
Como quiera que sea, lo más probable es que, conforme transcurran los días, se caliente la campaña y comiencen a cruzarse acusaciones los candidatos, se produzca una marcada polarización que las pocas encuestas que se conocen comienzan a insinuar. No es que Francisco De Narváez y Margarita Stolbizar vayan a quedar desflecados y pasen totalmente desapercibidos.
Contarán, sin duda, en calidad de actores de reparto, cuyo papel difícilmente pueda resultar determinante. Nada indica que la campaña recién iniciada sea siquiera parecida a esas pujas electorales donde los contendientes, más allá de sus diferencias y de los ataques que deban llevarle a los adversarios, se comportan como caballeros y obran con arreglo a códigos claros, en donde la enemistad es una ilustre desconocida. Seguramente si fuese por Massa sería así. Pero el kirchnerismo no tiene límites y aun si, por razones de etiqueta, decidiese aceptarlos, a la larga los pasaría por encima como alambre caído. Suponer que no enderezará contra el intendente de Tigre todas sus baterías y que no apelará a cualquier medio para hundirle, sería no conocerlo. La que se avecina, pues, es una campaña sucia.
Vistas las cosas desde fuera del ruedo político y dejando de lado preferencias ideológicas o personales, Sergio Massa le saca varios cuerpos de ventaja a Martín Insaurralde. Las razones no son tan claras como podría suponerse y sería difícil hacer un análisis pormenorizado al respecto. Pero, a cuatro meses de los comicios, la figura del primero ha calado hondo en la gente mientras el segundo es alguien que Cristina Fernández ha sacado de la galera. ¿Por qué un año antes de habilitarse las urnas, en 1988, Carlos Menem pesaba más que Eduardo Angeloz o Fernando De la Rua más que Eduardo Duhalde, en 1999? No porque fuesen más inteligentes o mejores administradores. Sencillamente porque una mayoría de los votantes ya los había elegido por motivos muy diversos y, muchas veces, irracionales.
Sergio Massa todavía no ganó y nadie que se precie de ser una analista podría desestimar la incidencia de los imponderables en la política. No obstante su situación es infinitamente más cómoda que la de Insaurralde y deberá hacer menos esfuerzos que los del de Lomas de Zamora para alzarse con la victoria. La ventaja invalorable con la que cuenta se basa en el hecho de que no tiene que cargar con la pesada carga del gobierno nacional y no debe rendir cuentas ante la gente de las políticas públicas del gobierno nacional y provincial.
Massa no deberá contestar preguntas respecto de la corrupción, de Lázaro Báez, de los bolsos de Néstor Kirchner, de las contrataciones sin licitaciones y de tantos otros temas sobre los cuales Insaurralde —hechura de Cristina Fernández, le guste o no— tendrá que responder. Aquél, con sólo hacer referencia al futuro y prometer cuanto desea escuchar el electorado, estaría en condiciones de ganar la elección. Éste, en cambio, habrá de enfrentar tres problemas dificilísimos de solucionar: cómo no quedar eclipsado por Cristina Fernández y Daniel Scioli; cómo hacerse conocer ante el gran público con tan poco tiempo por delante —para las PASO faltan menos de sesenta días—, y cómo no pagar tributo por la defensa que ensayará de un gobierno asociado de tal manera a la corrupción.
Es verdad que el de Tigre puede cometer errores o que puede cruzarse en su camino alguno de los imponderables capaces de modificar el curso de los acontecimientos en cuestión de segundos. Claro que el kirchnerismo, al margen de los imponderables que también podrían entorpecer su rumbo, tiene por delante, para digerir: el fallo de la Corte de Nueva York respecto de las hold outs y la acordada de la Corte Suprema de Justicia de la Nación en punto a la ley de medios, entre diversos temas que inevitablemente se le vendrán encima.
A nadie debería sorprenderle que repita, de aquí en adelante, la receta de siempre. La investigación llevada adelante por la AFIP en contra del presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, y de sus hijos; la mascarada puesta en escena para demonizar con insultos al supremo tribunal de Justicia en las calles, y el desmontaje de la estatua de Cristóbal Colon —pasando por encima de los jueces de la Corte Federal— son apenas la punta de un iceberg. El kirchnerismo es como una fiera herida y en retirada, tanto más peligrosa cuanto más sea su convicción de que en octubre cosechará una derrota que puede sepultar sus planes de perpetuidad en La Rosada para siempre. Hasta la semana próxima.