Turismo

Buena Vida en La Angostura

Dicen que es el pueblo más verde a orillas del Nahuel Huapi. Aquí los bosques son espesos y brillantes y las lluvias persistentes, conoce todo de esta espectacular villa de la Patagonia

Dicen que es el pueblo más verde a orillas del Nahuel Huapi. Aquí los bosques son espesos y brillantes y las lluvias persistentes. “De algo tienen que vivir tantos árboles”, aseguran los angostureños ante el turista inquieto por la presencia de un aguacero. Pero cuando sale el sol, la villa y sus alrededores no tienen competencia y es imposible contener las ganas de salir a recorrerla.

La Angostura tiene la virtud del agua. El lago la envuelve y, vaya donde vaya, uno siempre se tropezará con él. Le debe su nombre a un accidente geográfico. Nació donde la península de Quetrihué se hace angosta hasta lo imposible, ahí donde se intuye el bosque de arrayanes. Era 1932 y la inauguración de la oficina de correos y telégrafos fue la mejor excusa para oficializar su fundación. Además de su encanto natural, la villa –hay decirlo– ha crecido con sentido estético y urbanístico.

A vela por el Nahuel Huapi

La idea es navegar el Nahuel Huapi hasta encontrar la isla Victoria, y seguir la línea de la costa que conduce a Piedras Blancas, sitio que promete. El Bonita nos espera en Puerto Manzano. Es un veleroQueche de 44 pies, diseñado por Germán Frers. Pura sensualidad, sólo verlo anticipa el placer de la jornada.

Juan Andrés Tato, el capitán, nos recibe. Mientras termina con los últimos ajustes, nosotras aprovechamos para curiosear los interiores revestidos en cedro y de dimensiones generosas. Hay dos camarotes con baño privado y una sala central donde seis personas comparten la mesa con comodidad.

Es hora de partir, navegamos con viento de popa y vela de proa. Dejamos atrás la costa y el motor se apaga. Ahora, el Bonita se desliza suave y silencioso. Sólo se escucha el viento sobre la lona blanca de las velas. El agua golpea contra el casco y un grupo de gaviotas se obstina en seguirnos. A media mañana, Juan Diego, hermano del capitán y chef, nos convida con unos canapés y una copa de champagne helado.
Más tarde, anclamos frente a la playa de Piedras Blancas. Es un paraje en el que suelen merodear los veleros, pero hoy es sólo para nosotros: no hay un alma en los alrededores.

Un paredón de piedras grises, casi blancas, anticipa la pequeña bahía. Desembarcamos y salimos a recorrer los alrededores. Tenemos un buen rato para caminar por el bosque y dejarnos conducir por la quietud verde y húmeda. Buscamos hongos, que en la Patagonia crecen enormes y coloridos, pero no tenemos suerte, aún no es tiempo.

Llegamos justo para el almuerzo en cubierta. Juan preparó una sopa suave de crema y zapallo y un risotto con hongos de pinos. La felicidad es completa.

Atardece cuando regresamos. El velero navega escorado, ladeado, casi volcado sobre el agua, con las velas que parecen a punto de estallar, henchidas de viento. El sol es tibio. Nos quedamos en cubierta dispuestas a disfrutar cada segundo del viaje que aún nos queda.

Cascada Ñivinco

Ayer agua, hoy tierra. Fabián Fasce, de Nómades nos había propuesto salir temprano hacia la cascada Ñivinco. Allí vamos. Hay que tomar la ruta de los Siete Lagos que conduce a San Martín de los Andes y hacer 25 km de camino consolidado. Bordeamos el lago Correntoso custodiado por los bosques de coihues y hacemos un alto en el puente sobre el río Ruca Malen. Un poco más adelante están la casa y corrales de la familia Quintupuray. Son mapuches que llegaron de Chile antes de que las tierras se convirtieran en Parque Nacional. Atienden la Hostería de los Siete Lagos, un sitio simple para tomar café con panes y dulces caseros. Es también un buen lugar para un picnic a orillas del Correntoso.

Seguimos unos kilómetros más hasta un pequeño desvío; hay que ir bien atento porque el cartel apenas se distingue. Estacionamos cerca del río. El agua baja helada y hay que mojarse hasta la rodilla para atravesarlo. Cuando Fabián viene con grupos numerosos, recurre a sus sogas y arneses para improvisar un puente aéreo, pero esta vez somos dos y no se justifica tanto preparativo. Entonces se ofrece, como todo un caballero, a cruzarnos a caballito. Agradecemos el gesto con una barra de chocolate y almendras que le ayudan desentumecer los pies. Nosotras, sin una salpicadura.

El sendero está señalizado y la caminata es suave. Andamos por un mallín poblado de ñires y después seguimos por un laberinto de cañas colihues que forman una pared fresca y contundente. El verde es el refugio de zorzales, chucaos y rayaditos. Con suerte se puede ver un pájaro carpintero. Salimos de nuevo al río que tiene un cauce ancho de pura piedra, y volvemos al bosque, para finalmente encontrar la cascada. En realidad son tres saltos de agua y nos sorprenden más de lo esperado. Hacen honor al nombre indígena que significa susurro del agua. Sólo podemos llegar hasta el primero y mirar de lejos los otros dos, que están accesibles a partir de diciembre cuando el río baja y se puede caminar por el lecho.

En la montaña

Por la tarde, habíamos planeado nuestro bautismo de rappel. En las cercanías del Correntoso, Fabián busca una saliente apta para principiantes. La encuentra justo arriba de Puerto Arauco. Muy cerca de allí está la confitería El Mirador, con una vista increíble al lago. Hacer un alto en este sitio, para comer o tomar el té, no tiene precio.
Subimos hasta el lugar indicado y nos preparamos: casco, arnés y soga y a descender. Colgadas sobre la bahía, caminamos en vertical sobre la roca con la extraña sensación de vacío. Seguimos las precisas indicaciones de Fabián y todo va de maravillas; llegamos a salvo hasta el final, con la frente bien alta.

Por la noche, estamos invitadas a la casa de Alicia Gorza Urbanet. Fue de las primeras en llegar a Puerto Manzano, cuando la zona era un loteo perdido y casi nadie conocía su existencia. Alicia tiene la palabra fácil y es un ser absolutamente sociable, por eso un día comenzó a recibir a comer como lo hacía habitualmente con sus amigos. “Mi idea es que la gente llegue y se sienta como en la casa de una tía patagónica”, señala. Entonces el living se convierte en la ocasión para probar platos regionales, elaborados a partir de recetas familiares.

Nuestra anfitriona es especialista en liebre, trucha, jabalí y ciervo. Probamos un vino casero, dulce y suave, mientras esperamos la comida. Para nosotras, cocina trucha –de lago, aclara Alicia– al horno, con una salsa muy natural de tomate. Entre sus habilidades están el pan casero, las aceitunas ahumadas y el vino de rosa mosqueta, que llegan a la mesa acompañados por anécdotas de los primeros tiempos.

Los artesanos

El año anterior, cuando estuvimos en la villa, habíamos visitado el taller de Bunga Pok, una virtuosa que sigue ofreciendo sus divertidos objetos para decorar la casa. Esta vez, decidimos conocer el lugar de Pedro y Susana Di Lorenzo.

El matrimonio comparte desde hace años el atelier, cada uno en lo suyo. Pedro es platero. Aprendió en Olavarría el arte de fundir y trabajar la plata según la tradición criolla. En el sur, incorporó motivos mapuches que hoy son el tema central de sus creaciones. Gargantillas, aros, pulseras, hebillas, todo hecho a mano en una plata lavada que no conoce de pulidos químicos.

A Susana el arte de telar se le reveló de grande, cuando se instaló en La Angostura, y una viejita mapuche se ofreció a enseñarle. De ahí en más no paró de tejer. Trabaja con dos telares enormes a la vez. En uno teje lanas marrones y blancas y en el otro combina un rojo furioso con negro; después se convertirán en ponchos, mantas y tapices. Ella misma tiñe las lanas con cochinilla.

Ahora está probando con la seda natural, y acaba de tejer unos brazaletes de seda que llevan un broche de plata, hecho por Pedro, naturalmente.

En las afueras de la villa, Emilio Alvear tiene un taller de cuento: El ñirantal. Está en medio de un bosque y las ramas apiladas en la entrada ya nos cuentan algo de su trabajo. Empezó como un carpintero tradicional y hoy hace maravillas con la madera que descubre muerta a orillas del lago o después de largas caminatas por el bosque. Podría decirse que casi no interviene en las formas de la naturaleza. Las sillas, lámparas y percheros siguen las líneas originales de la madera, tal como la encuentra. En el taller, hay además artesanías mapuches que están a la venta; Emilio las trae desde las comunidades indígenas de los alrededores.

Buenas nuevas

El verano de la villa promete novedades. El Corazón de la Bahía, exclusivo complejo de cabañas enPuerto Manzano, está a punto de inaugurar su Centro de Salud y Belleza. Inspirado en una concepción europea del relax, el espacio contempla ofrecer tratamientos de hidroterapia, masoterapia, masajes orientales, y un gabinete para mimarse dedicado a la estética.

Por su parte, Las Balsas –hostería que integra la exclusiva cadena Relais & Châteaux– sumó una nueva suite con vista la muelle. También amplió su restaurante, ahora con un sector más informal para disfrutar de las tapas y una sala para degustaciones.

Y para fin de año está prevista la inauguración de la hostería El Faro, con una magnífica vista sobre elNahuel Huapi.

La Angostura dignifica sus atractivos. El bosque de arrayanes con su histórica casita de té, es un clásico inesquivable, sobre todo para los que llegan por primera vez. Hay lanchas en el puerto que llevan hasta allí. Más allá del embarcadero está la capilla que construyó Alejandro Bustillo.

Este año el cerro Bayo permanecerá abierto durante los meses estivales, con tramos de silla habilitados. En la base se podrán alquilar bicicletas y caballos; los amantes del trekking, como siempre, lo seguirán caminando por los senderos aptos para peatones.

El centro de la villa es un buen sitio para deambular al final de la tarde, y dejarse tentar por los chocolates y los ahumados. A la hora del té, hay varias casas dedicadas a la buena repostería. Nosotras elegimosCielo Verde, donde se puede probar una gran variedad de tortas y masitas, caserísimas, que su dueña Elida Barba, hornea personalmente. Además está la variante de los waffles dulces y salados.

La gastronomía tiene fama bien ganada con alternativas para todos los gustos, este año también con flamantes propuestas que se reseñan en las páginas Gourmet.

Sólo hay que ir a Villa La Angostura, instalarse y dedicarse a disfrutar.

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