Resolver gramíneas y malezas de hoja ancha en una sola pasada puede simplificar las tareas y aprovechar mejor la ventana disponible. Sin embargo, una evaluación realizada durante dos años por una consultora privada demostró que esa ventaja operativa puede comprometer el resultado cuando los productos utilizados interfieren entre sí.
De acuerdo con una investigación publicada por Aapresid, los herbicidas hormonales o auxínicos constituyen una herramienta central para combatir latifoliadas. Su acción imita a una hormona natural de las plantas y altera procesos como la división, la elongación y la diferenciación celular, hasta provocar deformaciones, clorosis y posterior necrosis.
Dentro de este grupo, el 2,4-D es la molécula más difundida en la Argentina y se comercializa bajo distintas formulaciones, como sales aminas, ésteres, sal colina y microemulsiones. También integran esta familia activos como picloram, clopyralid, dicamba y halauxifen-metil.
En cambio, para controlar gramíneas anuales y perennes en postemergencia suelen emplearse inhibidores de la enzima ACCasa. Entre ellos se encuentran los denominados FOPs, como haloxifop-P-metil, y los DIMs, como cletodim, ambos de acción sistémica y ampliamente utilizados frente a especies de difícil manejo.
El problema aparece cuando un producto de este último conjunto se incorpora al tanque junto con un hormonal. La interacción puede dificultar la absorción del graminicida, reducir su desplazamiento dentro de la planta o modificar la penetración a través de la capa cerosa de las hojas.
Las sales aminas provocaron las mayores pérdidas
Para medir ese efecto, la consultora JV comparó durante dos años el desempeño de haloxifop y cletodim solos y acompañados por diferentes auxinas en sorgo de Alepo. Sin acompañantes, haloxifop-P-metil alcanzó una eficacia del 93%, mientras que cletodim llegó al 95%. Todos los tratamientos incluyeron coadyuvante y fueron realizados bajo condiciones ambientales muy favorables para la acción de los productos.
Las mayores caídas se registraron al incorporar 2,4-D formulado con mezclas de sales aminas. En el primer caso, el resultado descendió del 93% al 65%; en el segundo, pasó del 95% al 60%. De esta manera, el antagonismo restó 28 y 35 puntos porcentuales, respectivamente.
Por su parte, Halauxifen-metil consiguió los valores más elevados entre las asociaciones analizadas, con un 90% junto a haloxifop y un 95% con cletodim. Mientras que Picloram obtuvo un 90% y un 85% en esas combinaciones.
La formulación del 2,4-D también incidió en el desempeño, ya que la sal colina llegó al 70% con los dos graminicidas, mientras que las microemulsiones alcanzaron hasta un 80%. De esta manera, los datos indicaron que la elección no debe limitarse al ingrediente activo, sino que deben contemplar también la presentación comercial y su compatibilidad con el resto de la receta.
Separar las intervenciones mejoró la respuesta
Además, en los experimentos revelaron que dividir la aplicación del graminicida y el 2,4-D, incluso por apenas unos minutos, elevó considerablemente la eficacia. Cuando la prioridad es eliminar una especie perenne, la recomendación es ingresar primero con el producto específico y dejar transcurrir el tiempo suficiente para que sea absorbido y trasladado hacia los puntos de crecimiento.
Las aplicaciones secuenciales permiten asignarle a cada intervención un objetivo diferente, aunque su desempeño depende del desarrollo de la vegetación espontánea, las condiciones ambientales, las moléculas seleccionadas y el intervalo utilizado. Otra posibilidad es el doble golpe, que consiste en emplear inicialmente un graminicida y luego un herbicida quemante para complementar su acción.
Ante una falla, conviene revisar la etapa de crecimiento de la especie, la composición del caldo, el tipo de formulación y el momento elegido, antes que aumentar la dosis. De esta manera, los resultados advirtieron que, en el manejo integrado, concentrar todas las soluciones en una pasada puede resultar más rápido, pero no necesariamente más efectivo.
