El maíz superó los 10 millones de hectáreas sembradas y alcanzó una producción cercana a los 70 millones de toneladas en el último ciclo. Frente a ese volumen y a las buenas condiciones hídricas previstas para el inicio del nuevo período, FERTILIZAR Asociación Civil advirtió que el empobrecimiento progresivo de los ambientes agrícolas podría impedir que el cultivo exprese todo su potencial.
En este escenario, la gerente ejecutiva de FERTILIZAR AC, María Fernanda González Sanjuan, afirmó: "Tenemos agua disponible y genética con un enorme potencial. El desafío es que la nutrición no se transforme en el factor que limite ese rendimiento". Y agregó: "Cuando las condiciones acompañan, es justamente cuando más tenemos que conocer qué nutrientes puede aportar el suelo y cuáles debemos complementar para transformar esos recursos en más producción".
El mejoramiento genético amplió de manera sostenida la capacidad de rendimiento y permitió desarrollar planteos tempranos y tardíos en ambientes muy diversos. Sin embargo, un lote con un objetivo de 120 quintales requiere aproximadamente 260 kilos de nitrógeno y 48 kilos de fósforo como nutriente, entre otros elementos. La diferencia entre esa demanda y las dosis efectivamente aplicadas explica, en gran medida, por qué el país cosecha en promedio un 30% menos de lo que podría obtener.
En la última campaña se repuso menos del 40% de los principales componentes exportados con los granos. Como resultado, los balances de nitrógeno, fósforo, azufre y zinc continuaron siendo negativos, una situación que no solo redujo las posibilidades actuales, sino que también comprometió la capacidad futura de los campos.
Los ensayos de largo plazo realizados por la Red de Estrategias de FERTILIZAR AC mostraron que una alimentación balanceada elevó entre 22% y 44% la eficiencia en el uso del recurso. Los valores pasaron de menos de 12 a casi 17 kilos de grano por milímetro recibido, lo que representó una diferencia aproximada de 2.500 kilos sobre una base de 500 milímetros.
De esta manera, el coordinador técnico de la entidad, Esteban Ciarlo, explicó que "agua y nutrientes deben pensarse en forma integrada. Un cultivo bien nutrido tiene mejores herramientas para aprovechar el agua disponible". Y explicó: "Por eso, frente a perfiles recargados, el diagnóstico cobra todavía más importancia: tenemos una oportunidad productiva que no deberíamos desaprovechar por deficiencias nutricionales que podemos anticipar y manejar".
El diagnóstico ganó protagonismo
A pesar de su bajo costo en comparación con la inversión total de implantación, el muestreo todavía tiene una implementación limitada. Una encuesta de la asociación reveló que únicamente el 26% de la superficie relevada se evalúa cada año, mientras que un 9% nunca atraviesa ese procedimiento y otro 17% lo hace con muy poca frecuencia.
Para planificar correctamente, los especialistas recomendaron medir fósforo extractable, zinc y sulfatos en los primeros 20 centímetros, junto con la disponibilidad de nitratos hasta los 60 centímetros de profundidad antes de la siembra. El aporte de la materia orgánica también puede estimarse mediante el Nan, mientras que sensores de vegetación, clorofilómetros e índices como el NDVI permiten seguir el estado nutricional durante el desarrollo y decidir eventuales aplicaciones posteriores.
"No se trata solamente de pensar cuánto podemos producir esta campaña. Cada cosecha se lleva nutrientes y, si sistemáticamente extraemos más de lo que devolvemos, estamos consumiendo parte de la fertilidad que construyó nuestro sistema productivo. Para quienes administramos recursos naturales en la producción de alimentos, fibras y energías, el manejo de las tecnologías y la preservación del amiente productivo es una responsabilidad", concluyó González Sanjuan.
